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"...Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra...", con tanta solemne ternura les da las buenas noches un antológico Michael Caine a los mocosos tristes y felices de su orfanato en esa melancólica película titulada Las normas de la casa de la sidra. Y esa mezcla de tristeza y felicidad que se agolpa al tiempo en esos huérfanos no es más que un vestigio leve, poético y comprensible de esa otra especie de esquizofrenia sentimental, confusión radical de sentimientos, que convive en el último cine americano. Un ligero vistazo al tono de la cartelera, al timbre de los Oscar y al runrún de uno mismo, nos llevará a una certera conclusión: estamos hasta tal punto despistados que nuestra duda existencial nos lleva a ignorar si un recuerdo es algo que hemos encontrado o algo que hemos perdido.
Pero los americanos han inventado ahora un nuevo modelo: la graciosa infelicidad sin ironía, sin sarcasmo, sin estrambote ni humor negro... Películas que muestran sin disimulos ni subrayados un corte transversal de la sociedad del bienestar, que de ese corte rezuman líquidos muy amargos y cuya visión, en película, produce en el espectador una lágrima, efecto de una causa imposible de determinar: ¿es una lágrima triste o es una lágrima divertida? Un género nuevo, cotidianamente melancólico y que palpa en los bolsillos interiores y vacíos del ser humano que ya anunciaron películas como Tormenta de hielo o Grand Canyon, asuntos como surgidos del aliento literario de Carver, o incluso Salinger, y que ya no se sabe si hablan del sueño americano, del bostezo americano, de la pesadilla americana o de la legaña americana. Un género que ha dado este año los mejores títulos, como American beauty o Magnolia, películas que hablan, sólo, de gentes descorazonadas y desanimadas..., y que retratan la contraportada del alma con los colores sepia y los aromas del alcanfor; y con un evidente ánimo de comedia naturalista, como si eso fuera así y no hubiera modo de que tuviera otra traza. La cosa, pues, está así: este tercer milenio se lleva lo depresivo y cabizbajo, y el cine lo refleja tan alegremente, sin dramatismos ni aspavientos, con películas que te anestesian con una buena dosis de sentido del humor mientras te extirpan a navajazos los órganos vitales y sociales. El próximo milenio quizá la cosa cambie y se lleve la estulta felicidad y la cara plácida. Ya veremos (o que lo vea quien tenga paciencia y aguante hasta entonces). Oti Rodríguez Marchante Crítico del diario ABC |