Número 14, abril 2000
There´s no Business like Showbusiness!!
Cuando uno se pone delante de la pantalla para ver alguna obra de Keneth Branagh, sabe que descubrirá talento, inspiración, buen humor y un guión (es evidente) de cinco estrellas. El perfil más arriesgado de Trabajos de amor perdidos es la ambientación histórica (finales de los años 30) y sus flirteos de comedia musical (los actores se marcan bailoteos a lo Ginger Rogers y Fred Astaire). Es más, las canciones que acompañan la trama de la película son las más típicas de Gershwin (I´ve got a crush on you), Cole Porter, Irving Berlin (There´s no Business like Showbusiness, Cheek to cheek). El mismo Branagh comenta que en todas las comedias románticas del genial autor inglés aparecen canciones y bailes, entonces, ¿cómo no aprovecharse de este recurso original para darle un barniz actualizado? Así, en Mucho ruido y pocas nueces incluyó media docenas de canciones y un baile final. En su última película ha pretendido en todo momento que el espíritu de las canciones y el texto estuvieran en completa armonía… y lo consigue. Las escenas de baile se ven con la boca entreabierta y con un permanente esbozo de sonrisa. Los momentos de humor tienen verdadera gracia, la dicción de los personajes es genial (por eso, merece la pena verla en versión original y olvidarse del penoso actor que dobla a Branagh, ya que le hace aún más gesticulante y afectado).

La comedia es la típica shakesperiana: El rey de Navarra ha invitado a sus tres mejores amigos para unirse a él en un solemne juramento: no verse con mujer alguna, correr un día a la semana, dormir tres horas y pasarse el día estudiando. Uno de los personajes, abrumado por esta carga, dirá en un momento: "¡Oh, arduas tareas son, difíciles de conseguir, no ver mujeres, estudiar, correr y no dormir!". Por supuesto los cuatro fracasan en su intento de llevar a buen puerto el juramento, especialmente cuando se acercan a la mansión del rey cuatro bombones franceses.

Trabajos de amor perdidos no es una obra maestra, sino una merienda liviana tras el pantagruélico festín que supuso dirigir Hamlet, la obra más mamotrética y depurada de Branagh. En cualquier caso, merece la pena meter el pie en esta mágica pista de baile con olor a Broadway y para "beberse la tinta y comerse el papel" del maestro Shakespeare.

Alicia García


Una debilidad

    "Para mí, lo más difícil fue recordar la coreografía. Cuando decía… ¡luces! ¡cámaras! ¡acción! de repente pensaba: ¡vaya, si yo también tengo que salir a bailar! Natascha McElhone (El show de Truman, Ronin) tuvo muchísima paciencia conmigo. A pesar de todo, los dedos de sus pies están llenos de moratones".