Número 14, abril 2000

Una ciudad para los dioses

Cuaderno de bitácora. 13 de abril de 1970

    El mar está tranquilo. Nos encontramos a 32º longitud Este, 15º 30´ latitud Norte. Hace una semana que partimos del puerto de Elefantina. No tuvimos ningún problema para abandonar el Nilo y encarar el Mediterráneo. El mar se encuentra más extraño que nunca, mi tripulación comienza a tener miedo, dicen que los dioses deben descansar donde nacieron.

    La carga está a salvo en las bodegas, aunque desde hace días nadie se atreve a bajar para comprobarlo. Los egipcios son supersticiosos y ya empiezo a pensar como los egipcios. Por las mañanas el mar parece un estanque y el viento es tan débil que no haría volar ni una servilleta de papel.

    El silencio lo invade todo, hay momentos en los que parece como si nuestros propios motores no tuviesen sonido.

    Temo la noche. La oscuridad es la puerta del infierno. Invariablemente, siempre hay tormenta como nunca vi en ningún otro mar.

    Sólo pido a Dios ver pronto al Colón del puerto de Barcelona. Vamos lentos. La carga es pesada. Alguien tira de nosotros. Vamos lentos. No avanzamos. Alguien tira de nosotros.

 

Diario Pueblo. 21 de Julio de 1972.

    Ayer fue inaugurado por don Carlos Arias Navarro, alcalde de Madrid, el jardín de El Templo de Debod en el mismo lugar que ocupó el antiguo Cuartel de la Montaña.

    Al acto asistieron ilustres personalidades como los embajadores de Egipto, Argelia o Arabia Saudí.

    El templo fue donado al Estado Español dos años antes, en reconocimiento a la colaboración prestada por los arqueólogos españoles que contribuyeron, en una misión coordinada por la UNESCO, al rescate de monumentos en el valle de Nubia para que estos no se perdieran definitivamente bajo las aguas de la presa de Assuán.

    El templo fue desmontado y trasladado piedra a piedra hasta la pequeña isla de Elefantina, donde permaneció dos años y pudieron formalizarse los trámites para su traslado a España por el presidente egipcio Nasser.

    Las costosas y complicadas obras de montaje e instalación han sido llevadas a cabo por el arqueólogo don Martín Almagro, que ya había presidido la misión arqueológica española en el Nilo.

    Durante los últimos cuarenta y nueve años el templo estuvo sumergido de ocho a diez meses al año por lo que su deterioro es considerable. Aún así, los relieves y pinturas de su interior tienen un valor incalculable, al igual que las 300 piezas arqueológicas que completan la donación y que han pasado a formar parte del patrimonio del museo nacional arqueológico.

 

Aquella misma noche del 20 de julio de 1972 el cielo empezó a enrojecer sobre el Paseo de Rosales. El silencio se apoderó de la ciudad como lo hiciera del barco que transportó el templo.

Desde el interior del monumento la luz de una vela, que al principio era débil, fue ganando protagonismo a la oscuridad. El llanto de un niño fue cortando el silencio como un cuchillo.

-¿Qué tierra es esta que mis padres no vieron? ¿Qué cielo es este? —preguntó una voz femenina.

La mujer, de la que apenas se distinguían sus rasgos, apareció bajo el dintel del templo. Fijó sus ojos en el estanque que se extendía frente a sus pies, y vio reflejado su rostro.

-¿Qué aguas son estas que no son las del Nilo? Soy la diosa Isis y no estoy en mi pueblo.-

El dios del Sol poniente, Osiris, fue su esposo y padre del niño que lloraba como un niño aunque fuera un dios. Osiris acababa de morir a manos de su propio hermano, el cruel Seth, dios de la Tinieblas.

Isis, llena de un miedo más humano que divino, se refugió en el templo de Debod para alumbrar a su hijo Horus, entró en el templo como diosa y salió de él como madre.

Isis contempló los edificios, las luces, la Casa de Campo y el paseo de Rosales y una paz como jamás había sentido se apoderó de su alma y creyó que la intervención de Anubis y otras divinidades les habían dado a ella y a su hijo una nueva ciudad donde estar a salvo de los enemigos de su esposo. Se dirigió al templo con una sonrisa y ya nadie la vio salir jamás. Desde entonces, las tardes de Madrid son más rojas y la Luna más clara.n

José M. Cabanach