Número 14, Abril 2000
Wojtyla y el futuro del catolicismo
Indro Montanelli es uno de los grandes intelectuales de Europa. Es ateo y representante de eso que él denomina con orgullo el mundo de la cultura laica. El artículo que ofrecemos salió publicado el domingo 19 de marzo en La Vanguardia. Por su interés y por su capacidad de suscitar debate lo traemos a estas páginas.


    Me han preguntado cómo juzgo, como hombre del mundo de la cultura laica, el gesto del Papa de pedir perdón por los pecados cometidos por la Iglesia. ¿Es un arrepentimiento humilde o una estrategia ecuménica?

    Yo soy muy indiferente a lo que de nosotros dirán los que vengan detrás. Pero si se me permitiese hacer una excepción a esa indiferencia, la haría precisamente para el Papa Wojtyla. ¿Quién es ese hombre, el único que en este tránsito de un milenio a otro hace historia, no comidilla de porteras como todos los demás? ¿Es el mayor restaurador o el mayor sepulturero de la Iglesia católica? Que es un grande no hay duda, quizá el mayor de todos los Papas, pero si en sentido positivo o negativo, no lo sé. En todo caso, no lo es como "político", por lo menos en el sentido corriente de esa degradada palabra. Desde luego, él tuvo una parte en el declinar, y después en el hundimiento, del imperio soviético y de su sistema. Pero, en mi opinión, no fue una parte decisiva. Aquel sistema murió no por interferencias externas, sino por autoconsunción, o mejor dicho, por autofagia. No podía ya nada; perdía todos los retos del mundo democrático y capitalista. Había quedado reducido, también en el campo de las ideas, a un museo, y además a un museo mal organizado y mal cuidado.

Con la Iglesia genuflexa de Juan Pablo II estamos ante una catarsis muy diferente o ante una palingenesia de dimensiones epocales, incluso bíblicas. Está en juego la vida y la muerte de la más antigua institución del mundo, cargada con dos mil años de historia, ante la cual incluso nosotros, los hombres de la cultura laica (y ninguno creo que lo sea más que yo), nos sentimos emocionados y con el sombrero en la mano. Yo no soy creyente, en cuanto que no creo en ninguna de las verdades reveladas por ninguna de las diversas religiones. Pero el catolicismo no es sólo una religión. Es una cultura, una mentalidad, una moral, unas costumbres, ya sangre de nuestra sangre. Nosotros somos católicos incluso como anticlericales. Lo somos incluso en nuestras blasfemias. ¿Qué hacemos, ahora, con toda esa herencia?

¿Es posible, para nosotros, deshacernos de ella? Quizá son preguntas inoportunas, porque quizá no he entendido qué es lo que se propone el Papa, cada vez más cansado, más sufriente, pero más irreductible en pretender algo que no comprendemos o que tenemos miedo de comprender. Si la Iglesia hoy reconoce que se equivocó en todo o en casi todo, en la estructura autoritaria que desde el principio se dio a sí misma, en la superposición de un poder y de unos intereses temporales a los espirituales, en la condena y excomunión de la Iglesia ortodoxa que dividió el mundo cristiano de hace mil años, y en la excomunión de las confesiones protestantes, en considerar herejes y tratarlos como tales, enviándolos a la hoguera, a quienes propugnasen una evolución del pensamiento que entrara en contraste con sus dogmas, ¿hacia qué otro tipo de Iglesia el Papa Wojtyla quiere orientar a la Iglesia católica? Son preguntas dignas de quitar el sueño incluso a un hombre del pensamiento laico.

En su "mea culpa" el Papa ha recordado las cruzadas, la Inquisición, el antisemitismo. ¿Cuál de estos pecados es el más grave?, me preguntan también. No me siento capaz de establecer una graduación. Es muy difícil distinguir, sobre todo en las cruzadas, lo bueno de lo malo. Entre los cruzados, hubo almas cándidas que pensaban que, al asegurar los lugares sagrados a la cristiandad, purgaban sus pecados y se ganaban el paraíso. Para comprenderlo, hay que entrar en la mentalidad de aquellos tiempos vibrantes de impulsos místicos. Que después prevalecieran unos intereses muy diversos -de conquista, de presas, de saqueo- es cierto, pero esto nada quita a la nobleza de determinados impulsos místicos.

En cuanto al antisemitismo, me parece que hay que subrayar que la Iglesia católica no se dejó llevar nunca de un antisemitismo por motivos raciales. Hizo antijudaísmo en el sentido religioso. Tanto fue así que el judío que se convertía ya no era discriminado. Muy probablemente, Cristóbal Colón era un "marrano", un judío convertido, y por eso llegó a ser el almirante de una de las flotas más católicas del mundo. El gran pecado de la Iglesia fue la Inquisición -la aniquilación de la conciencia y, por tanto, de la responsabilidad individual-, de la que fueron víctimas los países católicos.

También el pretendido machismo de la Iglesia ha sido mencionado entre los errores del pasado. Pero en esto tengo mis dudas. Machista -pero no más que otras religiones paganas o bárbaras- lo fue el cristianismo de los primeros siglos. Sin embargo, ya en el tránsito del año mil se produjo, también en la Iglesia, es más, sobre todo en la Iglesia, un renacer feminista que culminó en la "mariolatría" así como en la poesía trovadoresca en Francia y en la llamada "Il dolce stil nuovo" en Italia. En cuanto a los tiempos actuales, me parece que el machismo está en quiebra en todos los frentes, menos en uno: el de las costumbres. En el plano legal, me parece que la igualdad de sexos es actualmente un hecho generalizado e irreversible. Es en las costumbres, es decir, en nuestra manera de vivir derivada de costumbres seculares o de prejuicios, donde se pueden todavía encontrar restos de machismo. Por su parte, incluso la Iglesia lo hace al seguir fiel (pero ¿por cuánto tiempo?) al celibato sacerdotal. Pero no creo que esto influya sobre las relaciones habituales en la cotidianidad de la vida civil. No, en esto no veo en el horizonte revoluciones. Es en la relación con el Trascendente, anunciado por este Papa subvertidor -digo "subvertidor", no subversivo- donde entreveo algo que tiene algo de histórico, de signo de una nueva época, que va más allá de todos mis sistemas de medida.n

Indro Montanelli