Me escribió un amigo, padre reciente, "hay percepciones, actitudes, sentimientos a los que sólo se puede acceder de la mano de un hijo". Y tomar conciencia de ello fascina y a la vez aturde. Sientes cómo una danza hormonal te invade con sus cuerpos extraños. No deja de ser chocante cómo en tu patrimonio privado de libros de Jane Austen, cedés de Everything But the Girl, cuadernos medio escritos y sofisticadas líneas de baño se introducen con pasmosa naturalidad pañales, arrullos e interfonos "mamy & baby". Te acuerdas de las madres que en el Tercer Mundo paren en el más ruin abandono, sin luz, sin médico., solas en su gemido. Otras han renunciado a ascensos y puestos de responsabilidad porque un aguijón en las tripas les ha impedido compatibilizarlo.
Habría sido un acto de traición haber aislado la experiencia de parir del resto de mi paisaje, haber anestesiado las entrañas y, por ejemplo, escribir un editorial sobre el juicio de la vida privada de Bill Clinton, anécdota de fin de verano comparada con lo que ha sido mi gesta. Ser madre te convierte en activa militante de la felicidad de cada niña o niño que se cruce en tu vida. Son los auténticos vips, sabios personajes que se acercan al futuro en su gesto más leve, en su mirada más furtiva, en el cristal de su inocencia. Y debo convertirme en activa militante de su felicidad porque los paridos a dos velas, y sin apenas llanto, demasiado puros y hermosos, demasiado jóvenes para familiarizarse con el terror, no tienen portavoz que hable en su nombre. Se van acostumbrando. A pasar mucha hambre, a llorar sin consuelo, a dormir bajo la tormenta, a sentir el cuerpo helado de un padre que lo abraza en un último aliento, desesperado incapaz de justificar ese destino.. Joana Bonet es directora de la revista |