Número 17, noviembre 2000

Nos han robado el 9

A María Teresa le robaron el 9 una noche de agosto, cuando se marchó con un grupo de amigos al show de un mago hipnotizador de pelo rizado, así, como con pinta de marismeño. A eso de las dos, en plena velada afterhour, la condujo al centro de la pista y le dijo que ya no pronunciaría más el 9, que había desaparecido de su cerebrito acostumbrado a las cuentas del metrobus y a los gastos de fin de semana. Se lo dijo con ese tono de prestidigitador barato, que le echa al oficio más aliento que talento… pero funcionó. Cuando María Teresa quiso decir la fecha de su nacimiento no pudo reproducir el 9. Fue terrorífico, la sala recibió el gélido bofetón de un hálito mortecino, como el rapto imperdonable de un cadáver. Menos mal que la cosa quedó en un mero ejercicio que se evaporó con los humores de un daikiri y las consabidas risas del que puede vivir para contarlo.

Ese rapto del 9 es quizá la parábola más adecuada para expresar lo que ha pasado en EEUU con la humorada de las elecciones, ¡país de polichinelas! Creíamos con Tocqueville que en ellos teníamos referencias permanentes de orden y libertad y, con Ortega, que la santa democracia es cosa sagrada de la opinión popular (menos en estética, religión e intelectualidad), y sin embargo nos han robado el 9, nos han robado la inocencia. Y hemos visto a un Gore encaprichado por arañar en la basura de las mariposas, y a los republicanos buscando recuentos manuales en los votos militares, más afines. Y este pobrecito hablador se espabila, "qué bien nos han sabido vender sus historias a golpe de cursillos de charlatán, ni más ni menos ni menos ni más". No tienen tradiciones y nos las venden, no tienen edificios historiados (es más, se les caen) y nos los venden, no tienen gusto estético (calcetines blancos y chapas de corbata) y nos lo venden, realizan menos películas que las productoras indias y nos las venden. País.