Número 17, noviembre 2000
El sabor de las cerezas
Dr. Jekyll

El cineasta iraní Abbas Kiarostami, tiene una larga y estupenda trayectoria cinematográfica a sus espaldas. Con casi una decena de títulos en su haber (¿Dónde está la casa de mi amigo?, Primer plano, Y la vida continúa, A través de los olivos...) ha demostrado que su cine puede traspasar las rígidas fronteras de su país y llegar, de forma inusitada, a nuestra tantas veces inconsistente cartelera cinematográfica occidental. El sabor de las cerezas así lo demuestra. Obtuvo la Palma de Oro de Cannes en 1997, y un éxito de público bastante considerable para ser iraní.

La película cuenta el largo camino que tiene que recorrer el Señor Badii (Homayon Ershadi) para encontrar a alguien que acepte enterrarle tras su inminente suicidio. El recorrido le lleva a encontrarse con distintos personajes que irán reaccionando de distinta manera ante tan singular propuesta. Así pues, se tropezará con un recogedor de chatarra, un soldado kurdo, un vigilante afgano, un estudiante de teología islámica, también afgano, y finalmente a un taxidermista turco. Será este último quien le intente hacer cambiar de opinión, quien intente persuadirle de la cobardía que va a cometer. El director realiza una ruta por las afueras de la ciudad de Teherán a modo de presentación de su nación. Trayecto éste tan árido como espléndido, tal y como puede llegar a ser su país. Es un Teherán auténtico y desconocido, real, con sus gentes, sus paisajes, sus sonidos... En ninguna película como en ésta, el sonido ambiente (las pisadas, los ruidos de la calle, las sirenas, los ladridos...) adquiere un valor tan singularmente dramático, convirtiéndose en un personaje más.

Mr Hyde

Pero El sabor de las cerezas es claramente algo más que un recorrido por el Teherán actual. La historia trasciende a esa búsqueda del hombre por encontrar el significado de nuestra existencia. Kiarostami, con un sentido común arrollador, nos sitúa ante las grandes cuestiones del ser humano. Con unos diálogos antológicos, realiza un auténtico estudio antropológico poniendo la cámara, más que nunca, al servicio de la persona. Nos habla sobre el drama de la soledad y la necesidad imperiosa del hombre por el hombre, "... si no habla, nadie le puede ayudar, amigo mío" dice el taxidermista en un momento de la película. Habla de la amistad y de la caridad, "...cuando alguien quiere ayudar a alguien, tiene que hacerlo con toda su alma... salvándole la vida...". Hace hincapié en ese sentido de la responsabilidad que tenemos para con nuestros semejantes. Nos habla del bien y del mal, del pecado. Nos habla también de la gratuidad y del don de la vida, del enfrentamiento a la muerte, "la muerte es una solución pero no al principio del viaje"; de la valentía ante las situaciones difíciles, "...todos tenemos problemas... si todos hiciéramos como usted, no quedaría nadie". Nos habla, precisamente, de algo tan evangélico como que el camino más largo y costoso es precisamente el que lleva a la vida "-No conozco este camino —yo sí, es más largo, pero es más bonito". Y sobre todo nos habla de los dos grandes dones del ser humano: el del amor de Dios "...No hay madre que haga por sus hijos lo que Dios hace por sus criaturas", y el de la libertad, con un sorprendente final abierto.