Basada en el libro del mismo nombre, del novelista Edward Bunker, Animal Factory cuenta la ambigua relación amistosa entre un joven presidiario, Ron Decker (Edward Furlong) y Earl Copen (Willem Dafoe), experimentado preso, rey de la cárcel, quien decide acogerle como protegido suyo. Furlong ya había interpretado anteriormente a muchachos descarriados y algo perdidos, sin una referencia paternal clara, en películas como Terminator 2, o American History X, por lo que realiza, en esta nueva ocasión, un trabajo interpretativo muy acertado con el papel de Decker. Su réplica, Dafoe, demuestra una vez más su buena calidad actoral, recreando a un durísimo personaje que tras muchos años de rudeza y frialdad, cree encontrar en el joven, la frescura del adolescente que no pudo ser. "- Yo no soy un chapero. Tú no lo entiendes, contigo es otra cosa...", comentan Decker y Copen en un momento de la película. La crudeza verbal de muchos de los diálogos y la violencia explícita, hacen la película insoportable en algunos momentos. El título, "fábrica de animales" representa muy bien la dureza del ambiente que recrea el film. El director, y también reconocido actor Steve Buscemi, realiza una eficaz puesta en escena en la que se combinan, no sin varias caídas de ritmo del guión que ralentizan la acción, una eficaz banda sonora (guitarras distorsionadas, sonidos cacofónicos...) con un crudo realismo. Pero, a pesar de unos cuantos aciertos, Steve Buscemi no ha conseguido impregnar a la cinta la entidad, la profundidad y el carácter que este auténtico subgénero cinematográfico ha sabido dar en películas como Brubaker, Pena de muerte o Cadena perpetua.
En estos últimos años, el sistema judicial y penitenciario norteamericano se ha recrudecido mucho y se ha visto en tela de juicio en numerosas ocasiones. Se dice que las cárceles americanas tienen el mayor porcentaje de presos por población de todo el mundo. Triste estadística. Animal Factory viene a hacernos recapacitar, no sólo sobre el estado actual de las penitenciarías estadounidenses, sino también sobre la cuestión de la capacidad de reinserción o no de las prisiones en general. El fin último de estas instituciones es, o por lo menos debería ser, la persona humana, la formación de los encarcelados y su posterior readaptación a una vida social digna. Pero las preguntas son las siguientes: ¿Están las cárceles suficientemente preparadas para cumplir su labor? ¿Es esto posible en un ambiente opresivo de continua violencia y drogadicción? Y, puesto que no se debe olvidar que los temas de conducta están fuertemente ligados a la libre voluntad de la persona, ¿hasta qué punto se pueden exigir responsabilidades al estado? Personalmente, siempre he creído que la autoridad debe facilitar a cada uno todo lo que necesita para llevar una vida verdaderamente humana. Siempre me he preguntado qué hubiera sido de mí de haberme encontrado en alguna situación parecida, y... me dan escalofríos de pensarlo.n