Número 17, noviembre 2000
Dancer in the dark,
¿por fin un diamante!


Dancer
in the dark es un monumento sin precedentes a un tipo de cine que por su valor y hondura humanas debe propiciarse en el futuro si queremos que el 7º arte recupere su dignidad después de los flirteos de adolescente al que nos tienen sometidos los subproductos americanos de última generación. Ha habido sesudos críticos que ya han arrojado la toalla. El periodista Alfonso Basallo ha comentado recientemente, "después de los años 60 no se ha vuelto a hacer buen cine", y no es una boutade. Con pinzas y microscopio se advierten obras maestras en los últimos años. Con Lars von Triers y el espíritu de Dogma 95 nos encontramos ante un tipo de cine que manifiesta principios acordes con una búsqueda de temas profundamente humanos, usando un lenguaje fílmico apropiado.

El argumento de Dancer in the dark es de pesca en aguas bravas. El guión aborda el incondicional amor de una madre por su hijo para impedir que la enfermedad lo devore. Un amor que se burla de la muerte, un amor que habla a pelo de la trascendencia, de la posibilidad de una manera de amar sin esperar contraprestaciones. Con esta película, el director danés ha superado la hermosa intención de Rompiendo las olas, el peso inigualable de la inocencia incomprendida. Detrás de Dancer in the dark hay una definición del hombre que va más allá de sus querencias e ilusiones básicas.

El voto de castidad es un decálogo de principios que comparten los directores que se afilian al Dogma 95 style. En un primer vistazo, cada punto pudiera parecer pedante o que alude meramente a la formalidad de la realización cinematográfica, sin embargo el decálogo es el recurso que se advierte como imprescindible para transmitir la pureza de los sentimientos humanos, las esquinas y ángulos del corazón humano.

El estilo de Dogma 95

El decálogo danés de principios se adecua perfectamente a un tipo de películas que hablan bajito sobre el peso del corazón del hombre, no sobre las cositas del corazón, suspiritos-rosa (tipo Otoño en New York, etc). En muchos puntos, esta forma de trabajar se parece a la nueva ola francesa de los Renoir, Godard, Truffaut y compañía Los directores que aceptan el voto de castidad trabajan con sus cámaras como lo haría el realizador de un concierto en directo de Eric Clapton, atendiendo a su guitarra y a su tono cálido y directo. Lo importante no es el trabajo posterior en el estudio de grabación, ni el papel del realizador, sino el respeto infinito al contacto directo del artista con el espectador. "La inquietud endiablada de la cámara en nuestras películas — nos dice Triersno significa dar protagonismo al instrumento técnico, sino que ese dinamismo feroz no es más que un reflejo del dinamismo que existe entre los actores, su tensión interior que se visibiliza en unas imágenes cargadas de elasticidad". "Me han preguntado muchas veces — dice Thomas Vinterberg, otro chico-Dogma — acerca de nuestras reglas. La idea que está detrás del decálogo es que los directores renunciamos a nuestros roles como artistas, como estetas. El foco de atención no debería estar nunca en nuestras huellas personales sino en lo que registramos y se desarrolla en frente de nosotros".

Luis Aguilera