Número 17, noviembre 2000
Fausto...
por los suelos
Qué bueno, iconoclasta e irreverente es Paul Johnson! Le ha bastado un poco de pericia histórica para dejar en paños menores a los grandes hombres: Rousseau, Shelley, Ibsen, Tolstoi, Marx, Sartre, Hemingway... y les ha empapado con la pistola de agua de su pluma. Johnson desacredita, con filigrana de entomólogo, sus propuestas para la humanidad con el argumento del legado vital que cada uno dejó. Aquellos grandes de las letras no se comportaron según el manual que habían propuesto para la posteridad. Fueron pelín falsos, hipócritas de salón, y Johnson se ha dado cuenta. Intelectuales es un bocinazo en plena plaza del pueblo a las cuatro de la tarde.

Con el advenimiento de la Revolución francesa, parecía que el encefalograma plano que padecía la razón humana recuperaba los primeros burbujeos de consciencia. El hombre comenzaba a bastarse a sí mismo para conducir su destino sobre la tierra. Las referencias ultraterrenas, trascendentes, se convirtieron en esa espuma de cerveza sobrante que se esparce por la mesa y ensucia los codos de los invitados. Cualquier tiempo pasado era indudablemente peor. Nacía un nuevo apellido, raza, estirpe, grupúsculo de líderes que iban a portar un candil encendido para mostrar al mundo que ellos, los intelectuales, traían la salvación. Fausto iniciaba su búsqueda insaciable y titánica de la sabiduría. Han pasado doscientos años desde aquellos primeros pasos, y ahora el historiador Paul Johnson, con esas indubitables maestras que son la perspectiva, la serenidad y el sentido común, hace un balance de aquellos arrogantes intelectuales (que llegan hasta nuestros días y que se dicen redentores del hombre con las armas del Estado, la razón, la cultura y la ciencia) con los argumentos de sus propias vidas. Y nos ofrece un resultado nada consolador: fueron los creadores de un mundo, en palabras de Sartre, en el que no les hubiera gustado vivir y forjaron, además, una vida contradictoria.

Rousseau fue el primer intelectual en proclamarse, repetidas veces, el amigo de toda la humanidad. Sin embargo, amando como amaba a la humanidad en general, desarrolló una fuerte propensión a pelearse con seres humanos en particular. El intelectual por el que nos vino una devoción sagrada hacia el Estado proponía como ideal de felicidad "nunca hacer nada que no desee hacer". Vamos, una vida fácil de parasitismo egoísta. Además, ya que una gran parte de la reputación de Rousseau se debe a sus teorías sobre la crianza de los niños, el Emilio, el Contrato Social, es curioso que en la vida real se interesara tan poco por ellos. Se deshizo de sus propios hijos abandonándolos en hospitales infantiles. Tener hijos era un inconveniente, "¿cómo podría tener la tranquilidad mental necesaria para mi trabajo con mi buhardilla llena de problemas domésticos y el ruido de los chicos?". Se hubiese visto forzado a rebajarse a trabajos degradantes, "a todos esos actos ignominiosos que me llenan de un horror tan justificado". De ahí sacó de la manga su idea de que sea el Estado el que deba educar a todos, no sólo cuando son niños, sino como ciudadanos adultos. El Estado era el padre y todos los ciudadanos eran los huérfanos del orfelinato paternal. Por una extraña cadena de infame lógica moral, Rousseau ha sido vinculado con su descendencia ideológica: el Estado totalitario.

No es que Johnson les tenga ganas a los intelectuales, no es una pose revanchista, sino que en sus progresivos descuartizamientos, a lo Matanza de Texas II, nos arroja a la frente una propuesta a tener en cuenta: cuando el hombre quiere proponer como mensaje integral de salvación sus propias creaciones (el abrigo poderoso del Estado, el abrazo absoluto de la poesía, el progreso redentor de la ciencia, las luces inconmensurables de la razón), acaba por fracasar. El hombre se hace grande cuando cae en la cuenta de su propia parquedad, cuando le dice a la razón que su grandeza radica en la aceptación de su limitación. Los seres humanos siempre seremos por definición unos mendigos necesitados, unos desamparados que buscamos la explicación de nuestra existencia en el rostro de los niños, en los besos de los próximos y en las grandes preguntas al color de las nubes. Qué razón tiene aquella canción de la Motor City All Stars, "I cant help myself". No optar por la apertura al otro huele a la doctrina del egoísmo creativo de Ibsen, "cuando uno mantiene una relación tan intensa con la obra de su vida, no se puede esperar el retener a los amigos. Los amigos son un lujo caro. Muchas ambiciones fueron mutiladas así. Yo pasé por esto y ésa es la razón por la que debí esperar varios años antes de lograr ser yo mismo". En otro momento, el dramaturgo se dolerá de esa postura vital. "Créanme, no es agradable contemplar el mundo desde un punto de vista otoñal".

Intelectuales es de esos libros inolvidables por su provocación y por su facultad de despertar interrogantes dormidos.

Isabel García