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A partir de este número, José Antonio Marina colaborará asiduamente en nuestra revista (siempre que sus alumnos no se lo impidan, con tanto andar a vuelta de revisión de examen). Es de los poquitos autores que destacan no sólo por una obra prolífica sino también porque en ella aparecen piedras angulares del pensamiento contemporáneo. Entre otros trabajos ha escrito, Elogio y refutación del ingenio, La selva del lenguaje, Diccionario de los sentimientos, El laberinto sentimental, El misterio de la voluntad perdida y su última recopilación de artículos , Crónicas de la ultramodernidad. En las colaboraciones de Calibán fustigará el rancio relativismo en todos sus frentes (que siempre es reaccionario), y hará una defensa feroz de esos principios reales que nos son comunes (desde el lenguaje, a los derechos humanos), siempre con palabra brillante y accesible. Al maestro le prestamos cancha. |
El siglo XX desacreditó la utopía, porque sirvió de excusa a todo tipo de desmanes. En los introitos del nuevo siglo necesitamos recuperarla, pero entendida de otra manera. La utopía no es un arrebato de adolescente, ni un espejismo peligroso, ni un futuro imposible alentado por un voluntarismo ciego. Es, ante todo, el único modo de comprender el presente. Sólo desde lo que podría haber podemos juzgar lo que hay. Si nos empeñamos en una resignación de medio pelo, si repetimos con escepticismo doliente y satisfecho que no hay más cera que la que arde, que así es la vida, acabaremos teniendo razón, y abandonando toda esperanza.
Afortunadamente, a lo largo de la historia ha habido personas capaces de anticipar lo posible. Son los grandes creadores éticos y políticos. La utopía es el talento para inventar posibilidades reales. Esta frase merece una explicación. Todos los seres el agua, la piedra, el hombre- son el resultado de una asombrosa suma. Son lo que son más lo que pueden ser. Un híbrido de realidad y posibilidad. Por ejemplo, la propiedad de la piedra es ser dura; su posibilidad, convertirse en puente o estatua. Sólo conociendo que el ser humano puede ser noble podemos juzgar la vulgaridad. Sólo sabiendo que puede ser generoso podemos juzgar la cicatería. La grandeza es una posibilidad que evalúa nuestra realidad personal. Todo esto puede también aplicarse a las situaciones sociales. Sin saber cómo podrían ser, sin echar en falta posibilidades nuevas, no podemos juzgar el presente. Durante siglos, los esclavos pensaron que la esclavitud era irremediable, y se resignaron con su situación. La injusticia de un hecho sólo podemos evaluarla cuando tenemos una imagen clara de lo que podría ser una solución justa. De esto se encarga la utopía, de proyectar un futuro deseable y posible, aunque lejano, de tal manera que al compararlo con la situación actual lo echemos en falta, y decidamos hacerlo real. Me parece que el destino de la historia está en el alero. Puede caer de un lado u otro. Podemos resolver los problemas eternos de la pobreza y la marginación o, al contrario, ampliarlos. Las nuevas tecnologías están unificando el mundo y, al mismo tiempo, aumentando las diferencias. Según estadísticas fiables, el 65% de la población mundial no ha hecho nunca una llamada telefónica. Es ridículo, pues, decir, que vivimos en la Sociedad de la información. Pero al menos podemos evaluar el coste de la erradicación de la pobreza, y no es un meta inalcanzable. Según la FAO en la actualidad se producen alimentos suficientes para proporcionar una dieta de 2700 calorías a todos los habitantes del planeta. No es una cuestión económica sino política. Armartya Sen, un premio Nobel de Economía del que os hablaré, ha afirmado algo que parece sorprendente: Nunca ha habido hambrunas en un país democrático. Ni siquiera en Africa. Voy a explicaros en los meses próximos el diseño de una nueva utopía. La he estudiado detenidamente en un libro que acabo de escribir con la profesora María de la Válgoma, titulado La lucha por la dignidad (Anagrama). Os pido descaradamente vuestra ayuda. Continuaré hablándoos de ello en el próximo número. |