Con el cine americano pasa un poco lo que con los perros: ¿qué tiene que ver, por ejemplo, un caniche con un mastín?..., pues lo mismo que John Ford con Steven Seagal. Si llamamos "perro" tanto a un caniche como a un mastín, también podemos llamar "cine americano" a lo que hizo Ford y a lo que hace Seagal. En cambio, con el cine europeo no hay modo de confundirse. Cuando alguien dice de una película que es "puro cine europeo", lo que quiere decir es que transcurre lentamente hacia algún concepto ignoto de una manera muy pomposa. Total, que cualquier persona sensata ha de estar prevenida ante una película que presuma de ser europea; mientras que si es americana, sólo habrá de mirar la alzada: caniche o mastín.
Y estas líneas agotan prácticamente ese gran dilema de cine americano-cine europeo. Desde un punto de vista filosófico, claro, porque luego está lo meramente terrenal, lo del hipermercado agotador, la competencia desleal, las multinacionales estranguladoras y el te doy la película buena y diez repugnantes (los célebres lotes). Pero dejemos lo terrenal y volvamos a levitar: Algunos de los mejores cineastas europeos al oírse el ladrido de caniche decidieron cambiar de bando (como la lista es larga, sólo escribiremos los apellidos más complicados: Hitchcock, Lubitsch, Stroheim, Lang, Wilder, Sternberg...) y embutir lo mejor del cine europeo en lo mejor del cine americano. Y dejamos esta línea de argumentación por inservible. Las llamadas "majors" hacen la guerra por tierra, mar y aire, mientras que los productores y directores europeos van a la batalla por la audiencia con honda. De vez en cuando, llega un director con una película y le da un cantazo a la taquilla que le deja seca (Roberto Benigni). Pero lo normal es que impere la ley de la lógica con cualquier película europea: cuanto más te gastes, más pierdes. Las armas actuales del cine americano son un aparato muy gordo, con una promoción muy grande y con una penetración casi obscena. Si se ha de luchar contra ellos, lo mejor es no caer en la tentación de usar sus mismas armas: siempre será más gordo su aparato. Una película como la española Solas, de Benito Zambrano, es el perfecto ejemplo de cine europeo bien armado: intenso, asequible, emocionante, entretenido, ajustado de presupuesto (realmente barato) y muy por encima de sus pretensiones, ahí están sus logros. Las cinematografías europeas han de procurar que la pantalla se llene de singularidad, de sinceridad y de cercanas pequeñeces..., nada de irse a descubrir otras galaxias y otros continentes. Nuestro universo es el interior y nuestro continente, el botellín.n Oti Rodríguez Marchante |