El cine europeo saca las uñas a las pelis americanas
LA GUERRA DE LOS MUNDOS
El periodista e intrépido aventurero Joe Kane realizó en 1985 el descenso del río Amazonas en toda su longitud. En su libro de memorias habla de la existencia de un diminuto pececillo parasitario, denominado diru, que una vez ingerido se clava en el interior de la uretra humana gracias a la facilidad de sus espinas. Una vez instalado en nuestro interior ya no hay quien lo saque. De la misma manera, cada película tiene la facultad de dejar su impronta en la cinta virgen de nuestra alma, desde la patada más explícita de Van Damme a la conversación amorosa más sutil. El 7º arte siempre nos atrapa, con la falsa elocuencia del charlatán o con la deliciosa seducción del enamorado, pero siempre nos afecta, se nos queda como el diru, bien pegadito a nuestras entrañas. Por ello, los artistas creativos y aquellos que trabajan con ellos, tienen la responsabilidad moral de plantearnos retos, inspirarnos, hacernos reflexionar, al tiempo que entretenernos. Las películas son, por tanto, mucho más que un gran negocio. Como decía Rilke: "la contemplación de una estatua clásica puede hacerte cambiar la vida". Así pasa con el cine.
Europa versus USA

Europa siempre ha tenido mucho que contar en imágenes. Prueba de ello es que el cine nació en nuestro continente. Méliès asistió asombrado a la primera proyección de los hermanos Lumière donde se veían escenas filmadas de la vida real. En seguida compró una cámara, construyó un barracón cerca de París, escribió guiones y se puso como loco a narrar historias en películas, que fueron inmediatamente imitadas en Inglaterra y en los EEUU.

A finales de los 50, nació en Francia la denominada Nueva ola, formada por un grupo de chavales locos por el cine, consumidores voraces de cinematecas, cineclubs y revistas especializadas, que quisieron trastornar el curso de la cinematografía francesa no sólo con sus innovaciones de recursos técnicos (travellings, cámara en mano, reproducción fiel de la luz real, etc.), sino con una inclinación directa hacia las relaciones humanas, hacia la persona. Así se expresaba Truffaut en los 60: "Si me preguntan sobre cuáles son los lugares que más me han gustado en la vida, diré que el campo que más me ha gustado es el dela película Amanecer de Murnau, o la ciudad en ese mismo film, pero no diré un lugar que realmente haya visitado, porque nunca visito nada. Sé que es algo anormal, pero he de ser sincero: no me gustan los paisajes o las cosas. Me gusta la gente, me interesan las ideas, los sentimientos".

En nuestros días, el cine europeo está cosechando éxitos sin precedentes y el público está acercándose cada vez más, y sin complejos, a una oferta temática diferente a la norteamericana: cine de denuncia social, de transparencia emocional, cine de la cotidianeidad... Es verdad que no podemos caer en el falso maniqueísmo de considerar despreciable y comercial a todo el cine made in Hollywood, aceptando sin más nuestros productos continentales. Por poner un ejemplo, la mejor película del año pasado, a pesar de escurrírsele el Oscar en el último momento, fue Salvar al soldado Ryan, película de la factoría Spielberg, americana hasta los tuétanos, en la que se nos proponía una permanente meditación sobre las consecuencias morales de la guerra y sus efectos devastadores en los protagonistas. Cada escena era una reflexión sobre el ser humano y la responsabilidad de sus decisiones. Sin embargo, es en Europa donde hoy contamos con películas más reflexivas. Así se expresa Michael Gallager, maestro de directores de la talla de Jim Sheridan y Neil Jordan: "Pienso que el 90% de las producciones de Hollywood están vacías de contenido, son muy comerciales y en algunos casos deshumanizadoras. En Europa, a pesar de que todavía tengamos un gran déficit en el tema comercial, somos capaces de producir un cine de mayor calado sobre el hombre y sus preocupaciones ordinarias". Luc Dardenne, co-director junto a su hermano Jean-Pierre de Rosetta, Palma de Oro en el último festival de Cannes, comentó durante la presentación de la película. "Tengo la impresión de que en la conciencia de la gente se están produciendo cambios y de que el público desea ver este tipo de cine, un cine que mire directamente a la realidad, a los problemas de la gente".

Ese afán por conocer nuestros problemas cotidianos nace de la necesidad del espectador por encontrar respuestas a los interrogantes de su vida cotidiana.

Benito Zambrano, director de Solas, el último milagro del cine español, ha conseguido producir en el espectador una fuerte convulsión emocional, como en contadas ocasiones ha ocurrido en la historia de nuestro cine. Su discurso en defensa de la vida, de la necesidad del diálogo, del amor callado que puede transformar el corazón más enfermo, es de una sinceridad y de una verdad aplastante. El director español ha declarado: "Es esencial, en el plano humano, en el plano de las emociones, que el cine aporte algo de verdad, que el espectador que va a perder dos o dos horas y media de su tiempo, y su dinero, no se quede tan sólo con la parte espectacular del cine. Eso ya lo hacen fenomenalmente los americanos. Con una película es posible coger a un espectador dentro de una sala de cine y atraparlo por el corazón, y que él crea que esa emoción es sincera, honesta y limpia, no un juego en el que se le está tomando el pelo". Así, Benito Zambrano coge el testigo de otro de los grandes de Europa, François Truffaut: "Por muy bien hecho que esté un film, si no es sincero, no vale nada. El cine tiene que hablar de la ternura, que es la verdadera pasión humana".

Un profesional europeo... de cine

David Puttnam fue el productor de cine británico más brillante y cautivador de los 80. Carros de fuego (1981), Los gritos del silencio (1984) o La Misión (1986) fueron algunos de sus hijos. Últimamente ha abandonado las labores cinematográficas para meterse de lleno en la política británica bajo el paraguas del gabinete Blair.

El interés profesional de Puttnam siempre ha radicado en elaborar productos en los que su papel no fuera el de amo del dinero, sino el de estrecho colaborador tanto del director como de los guionistas, con el objetivo de conseguir una obra de arte digna del ser humano, no un mero producto comercial. Siempre ha sido consciente de la influencia de las imágenes en la sociedad, de ahí la responsabilidad social del cineasta, por eso, a Puttnam se le ha denominado "productor de principios": "Todo el que se comunica con un público tiene una gran responsabilidad - ha dicho el productor británico - la responsabilidad de hablar en la oscuridad a millones de personas, quizá, cuando en ese momento son muy vulnerables". Cuando Puttnam hace balance de su vida profesional comenta: "Pienso en el hecho de que he estado treinta años en la industria del cine, he sufrido toda suerte de momentos altos y bajos, he tenido bastante éxito y sin embargo, he conseguido sacar adelante una familia sólida y agradable. Mi vida familiar es muy similar a la vida familiar que aprendí de mis padres. Este ha sido mi logro más significativo".

Cuando se le habla del futuro del cine, David Puttnam se convierte en el defensor a ultranza de una industria cinematográfica europea con alma. "Las historias y las imágenes - dice el productor inglés - se encuentran entre los principales modos con que la sociedad humana ha transmitido sus valores y creencias de generación y generación. Si fallamos a la hora de usarlas de manera responsable y creativa, si las tratamos simplemente como tantas otras industrias de consumo, en vez de un complejo fenómeno cultural, entonces estaremos dañando irreversiblemente la salud y la vitalidad de nuestra propia sociedad".

Todo un reto para el siglo XXI.n

Alicia García