- La forza del destino -
No son las diez de la mañana y aquel joven lleva levantado cuatro horas. Su aspecto es moderno, cosmopolita, el apropiado para un periodista europeo de principios de siglo. Hace pocas semanas que vive en Milán y ya conoce a todo el mundo, al menos a todo el mundo que merece la pena ser conocido.

Para llegar a la casa de El Maestro tenía que cruzar la ciudad, y lo hizo a pie, como acostumbraba. Al llegar a la calle que le habían indicado, contempló cómo los vecinos extendían cuidadosamente un manto de serrín y paja por los adoquines de la calzada. El joven periodista cruzó de acera sin apartar su mirada de las silenciosas figuras que se afanaban en su trabajo.

- ¿Qué ocurre? - preguntó al portero de la finca donde se dirigía.

- ¡Verdi, está enfermo!-, cada mañana cubrimos la calle para que el sonido de los carros no molesten al Maestro.

Tras subir la elegante escalera de nogal que conducía al segundo piso, llamó a la puerta donde vivía Giuseppe Verdi.

Un mayordomo, sin chaqueta, con mandil y guantes blancos, abrió la puerta —buenos días, soy Alejandro Quesada, corresponsal de El Imparcial de Madrid. Tengo una cita con el señor Verdi, -adelante- contestó, - discúlpeme, estamos limpiando la plata. Iré a ver si el Maestro puede recibirle.

El salón estaba presidido por un gran piano de cola negro, sobre el cual, elegantes marcos custodiaban infinidad de fotografías y dibujos. En las paredes, cuadros, diplomas y medallas, eran los testigos mudos de una vida llena de éxitos.

El mayordomo, que ahora sí llevaba chaqueta, carraspeó discretamente, mientras yo leía una dedicatoria que decía: A VERDI de Vitorio Emmanuele Rey De Italia, también VERDI.

- Si es tan amable de seguirme- dijo con un ligero movimiento de mano, - El Maestro le recibirá en su habitación -.

El mayordomo golpeó con los nudillos una gran puerta que inmediatamente abrió para dejarle paso. Al fondo de la habitación estaba la cama donde se encontraba Verdi. Su aspecto era el que siempre había imaginado, el de un anciano elegante, mezcla de aristócrata y pícaro. Sus ojos brillaban como los de un niño con el reflejo de la fría luz de Milán que entraba por el balcón.

- Adelante, amigo español… perdone que le reciba en la cama, pero las piernas no responden a este viejo gruñón - dijo estrechando la mano del periodista con una fuerza sorprendente.

- Y dígame joven, ¿qué quiere saber?

- Mi periódico está publicando una serie de artículos sobre personalidades en Madrid…

- ¿Personalidades? - dijo Verdi soltando una carcajada. — Gracias, amigo; gracias- continuó.

- Quería saber qué recuerdos conserva de Madrid cuando fue a dirigir el estreno mundial de LA FORZA DEL DESTINO -.

- Lo primero que hicieron fue acomodarme en el piso que me habían preparado en el nº 6 de la calle Pavía. Era un lugar privilegiado, los balcones del salón miraban al Palacio Real… . ¿Sabe?, aquí en Milán nos gustaría tener un edificio como ése… pero no diga por ahí que voy diciendo estas cosas.

A la mañana siguiente visité el Teatro Real y me sorprendió el parecido que tiene con la Scala. ¡Aún recuerdo su acústica, la mejor que he oído! Durante todo el día estuve conociendo la compañía y los músicos, una gente estupenda, nada solemne, como en el resto de Europa.

A lo largo de los días, fuimos haciendo una buena amistad, aún continúo carteándome con algunos de ellos. Me enseñaron la ciudad, bueno, sobre todo las tabernas. Por las mañanas chocolate con churros y después de los ensayos, vino español.

Sólo tuve una pesadilla en Madrid. El autor del libreto: El Duque de Rivas. Él estaba convencido de que su texto era tan maravilloso como espantosa mi música. Interrumpía los ensayos constantemente, hacía correcciones a los cantantes y me provocaba a cada momento. Aunque por aquel entonces yo tenía cincuenta años, él debía ver en mí a un joven descarado con demasiado éxito. A su edad, que es la que tengo yo ahora, cualquier cosa parece demasiado joven. El Duque… o don Ángel, como yo le llamaba para irritarle aún más, había sido un rebelde toda su vida, tanto en su carrera militar como en la política o la literaria. ¡Todo un personaje!

El 21 de marzo se abrió el telón y estrené, no sin dificultades, LA FORZA DEL DESTINO. Toda la crítica internacional estaba en el patio de butacas. Fue un éxito clamoroso, los aplausos se prolongaron durante varios minutos, pero El Duque de Rivas, salió del teatro diciendo que aquello era una vergüenza, que Verdi había destrozado su obra y que era la peor ópera que había visto en su vida. Fue el único que lo pensó.

A los pocos días yo abandonaba Madrid con felicitaciones de todo el mundo bajo el brazo y la tristeza de dejar una ciudad que me acogió como ninguna otra -.

- Maestro, después de todos sus éxitos, ¿qué le pide a la vida?-. Verdi acarició su espesa barba blanca mientras sonreía. — Amigo, a mi edad lo que se le pide a la vida es lo único que no te puede dar: TIEMPO -.n

José Cabanach