Según la prestigiosa publicación norteamericana Science, la maternidad acelera por motivos puramente biológicos el proceso de envejecimiento y acorta la vida. ¡Caramba!, la noticia no ha dejado patidifuso a casi nadie porque todos intuimos, con ese sentido común pre-científico que poseemos, que ser madre supone una aventura de desgaste natural impulsada por un amor del calibre 34. Es normal, el tirón del parto deja secuelas y la responsabilidad del bambino que te cae en los brazos, sin prospecto ni manual para el usuario, te acorta los días. Es de cajón. Porque desde el primer instante, la madre se ha des-centrado, sus intereses personales han pasado al puesto vigesimoquinto mientras que la nueva criatura ha escalado posiciones hasta colocarse a la cabeza de sus desvelos. Por eso, las arrugas de los progenitores no son la herrumbre de un tiempo hueco sino las cicatrices de las batallas de amor ganadas. La madre y el padre ya no volverán a ser los mismos, irán muriendo a diario sin apenas advertirlo, porque el que mucho ama mucho sufre. Se convertirán en carne de ojera y, como serpientes, soltarán su antigua muda para dar paso a nuevas escamas de vivos colores.
Ser madre acorta la vida. Ahora bien, es un trago vital que te arranca de las entrañas una inesperada capacidad de amar. Si no, que le digan a Sole, de Presuntos Implicados, o a Judith Mascó, si merece o no la pena la experiencia de envejecer prematuramente. |