No todas las obras que se pueden ver en ARCO son artísticas, de hecho casi ninguna lo es, pero no deja de ser un buen termómetro de la altura intelectual de nuestros congéneres pasearse, como quien no quiere la cosa, por allí y comprobar que, por enésima vez en esta nuestra patria ubérrima y españolera, la única obra que se alaba es la que no se entiende. Nada para encubrir que en el fondo no hay nada que decir como el archipretérito engaño de lo escandaloso sexualmente, la abstracción pedorrera o el orgullo de la recreación en lo meramente desagradable, tres paradigmas que en ARCO vienen siendo tristemente habituales desde tiempos inmemoriales.
Y digo yo ¿Qué expectativas puede proporcionarnos un arte que se empecina en la copia, que olvida, y Vd. lo sabe bien, señora, porque no es Vd. tan tonta en el fondo, esa cosa extraña ya en nuestras galerías que consiste en algo tan simple como la reivindicación de lo sencillamente humano? Díganme lo que quieran. Táchenme de reaccionario, de antisocial, pero no verán plegarse a estas, mis bienaventuradas nalgas, ante el excremento que pretenden vendernos bajo etiqueta de innovador (¿Todavía hay gente que cree que inventa cosas?, decía el bueno de Borges). Lo innovador en sí mismo es un monstruo que la historia ya se ha encargado de demostrar autofágico, destructivo. Escúchame, oh tú, corazón puro aún a expensas de Terelu Campos, aún a expensas de galas televisivas con Rafael pecho al viento, aún a expensas de calendarios rancios de pintura impresionista, pon una bomba en ARCO, libéranos de tanta miseria y haz volar en fragmentos minúsculos el recinto ferial Juan Carlos I. Lo haría yo mismo pero ya sabéis que soy pobrecito, y hablador, y cobarde... |