Las cenizas de Ángela
Dolor, lluvia, resentimiento Ya el libro era crudo. Crudo como una tarde de pena negra, de llovizna pertinaz y pájaros tiritones. La obra obtuvo el Pulitzer y la ha leído medio mundo. Ahora, Alan Parker nos muestra en imágenes la biografía de Frank McCourt, el devenir de un niño americano de origen irlandés que vive sumido en la pobreza más absoluta en el condado irlandés de Limerick, acompañado de una familia numerosa cuyos miembros caen como chinches ante la imparable amenaza de una miseria cargadita de enfermedades. El director británico no ha escatimado esfuerzos para ofrecernos primeros planos, a lo Dreyer, de unos rostros que rebosan dolor. Magistral el trabajo que ha hecho el realizador británico con Joe Breen, el chaval que interpreta el papel del Frank niño. Tiene una mirada de adulto, llegando a transmitir al espectador esa sensación de que el crío está madurando a fuerza de machetazos en el alma. La historia nace de un resentimiento, y quien, como una ballena herida, lleva el arpón de la infancia clavado en el lomo, no puede retroceder en el tiempo sin pesar. Así se ha expresado el mismo McCourt: "Cuando miro hacia atrás y contemplo mi infancia me pregunto cómo mis hermanos y yo hemos logrado sobrevivir. Tuvimos una infancia miserable. Pero hay algo peor que tener una infancia miserable: tener una infancia miserable en Irlanda. Y aún peor es tener una infancia miserable en la Irlanda católica". Por ello, Parker ha seguido la estela del autor de la biografía y traza con vivos colores a la familia protagonista pero esquematiza y caricaturiza al resto de personajes. A los curas y a los profesores del colegio del condado los pone a caldo, usando los estereotipos al uso: que si la obsesión nacional-católica, que si el odio irrefrenable a los protestantes, que si los curas son incapaces para la verdadera caridad ("si esperas propinas de curas y monjas, te morirás en su umbral"), que si la violencia con los niños... llegando a una ridiculización que deja un mal sabor de boca. Sin embargo, Alan Parker se ha metido en el corazón de Malachy, el padre de Frank; y en el de Ángela, su madre. Malachy es un pobre hombre, un inútil orgulloso que usa el poco dinero que tiene para beberse pintas de cerveza. Un fracasado que quiere a su familia pero que vuelve todas las noches a casa borracho. Ángela es el alma pragmática de la casa, es capaz de hacer lo que sea con tal de que sus hijos sobrevivan en el infierno del barrio: recoger carbón de la calle, pedir colchón y mobiliario a las Hermanas de la Caridad La película se ve con angustia contenida por el clima claustrofóbico que consigue crear el director, dejando en las esquinas de la cinta una patente crítica a la ausencia de paz cuando no hay justicia social. Sin embargo, allá por el último tramo de la película (tranquilo, que no voy a desvelarte el final), el sacerdote amigo de Frank, tras oírle en confesión, le da un consejo de oro: "Dios te perdona. Sólo cuando ames a Dios y a ti mismo podrás amar a los demás". De esta forma, Frank podrá acabar con esa lluvia pertinaz en el alma, con el dolor y con el resentimiento.n Alicia García |