Piquito de oro y escritor de cámara al hombro, Juan Manuel de Prada es un creador irredento, un artista que se zambulle en las palabras con el grito de los chavales en su primer día de piscina. Tiene un piso pequeño en el centro de Madrid, tan breve como una greguería de Ramón Gómez de la Serna, del que conserva en rústica sus obras completas . Se parapeta tras unas gafas que escandalizarían al mismísimo Boris Izaguirre por su estilo demodé. Tiene un manojo de pelos en la coronilla que nunca controla y una risa franca y contagiosa.
Pocos escriben como él. No es que el Planeta le empujara al estrellato, sino que fue su ingenio el que le condujo al Planeta. Espera el amor de su vida pero no le salen las cuentas, y eso le duele. No escogió ser escritor como el que duda con la fruta, sino que su vocación literaria le salió de las entrañas a borbotones, como aquel monstruo de Alien que imponía su tiranía por salir al mundo exterior. Cuando habla del aborto se exaspera, porque no entiende por qué se ideologiza un asunto que toca las entrañas mismas de la dignidad del hombre. La videoteca de Juan Manuel de Prada es un elenco insólito de títulos de serie Z. Allí no encuentras ni Rebeca ni El tercer hombre, sino La venganza de los devoradores de insectos o Los conjurados de Fumanchú. El próximo día 22 sale a la luz su nueva criatura, Las esquinas del aire. Un porrón de páginas sobre la vida de una apenas conocida deportista, escritora y periodista de nuestro país, Ana María Martínez Sagi, que cautivó al escritor durante las breves conversaciones que mantuvieron. |