Si hay un autor millonario en kilogramos de celuloide ése es, sin duda, el amigo William, de quien se ha dicho que, si viviera hoy, sería, más que dramaturgo, guionista y director cinematográfico. Y por cierto, no resultaría muy difícil imaginárselo a lo Orson Welles en Macbeth interpretando casi histriónicamente sus propios papeles.La fiebre Shakespeare, que ya va en decadencia después de subproductos tan lamentables como Shakespeare enamorado, ha producido no pocas obras maestras, precisamente las de aquellos directores que eran conscientes del cambio de registro de lenguaje que suponía adaptar al cine una obra teatral. La simple y llana diferencia entre el Hamlet de Laurence Olivier y el poco afortunado de Brannagh (con la Ofelia más terrible y desesperante de la historia de este milenio al que todavía le queda un año) es que el primero es consciente de su tratamiento recreador y el segundo es de una fidelidad tan anodina que lo único que demuestra es la inseguridad de su interpretación. Algo dejó claro Akira Kurosawa con su especialísimo Ran (Rey Lehar) y es que el cine, cuando recrea una obra literaria de peso, ha de hacerlo seguro de su propio lenguaje si quiere erigirse en nuevo monumento artístico. Algo que también entendió el hombre de la quijada mastodóntica, Marlon Brando, cuando se puso bajo las órdenes de Manckievicz en Julio César, o el mismo Polanski con su atormentado Macbeth. Resulta esclarecedor que en estos tiempos de remakes y eclecticismo borreguil haya proliferado tanto el tema shakesperiano. En diez años hemos tenido dos Hamlets, un Othelo, un Romeo y Julieta, un Enrique V, un Ricardo III, un Sueño de una noche de verano, e incluso un Mucho ruido y pocas nueces (quizá el gran acierto de Brannagh) eso sin contar las obras cuyo tema está inspirado o es tan gencial como En lo más crudo del crudo invierno o mi odiado Shakespeare in love, a quien desde aquí reitero mi reprobación más calurosa. Todo ello a la mayor gloria del universal inglés y al oprobio de nuestros directores y de su beato respeto reverencial que ha encarcelado el verdadero espíritu de Shakespeare, el de la transgresión, para convertirlo en un almibarado producto hollywoodiense. Así nos va.n Andrés Barba |