Número 12, Febrero 2000
Belinda Washington
3,2,1… ¡Dentro!

Casi todo comienza al sonido de "3,2,1…", y ya estás en el aire como si fueras un astronauta sin escafandra, sino que a cara descubierta y sin posibilidad de recular, hay que seguir de frente pase lo que pase.

La primera vez puede resultar traumática, te sudan las manos y el ejecutar una simple sonrisa puede convertirse casi en un terremoto labial. ¡Yo me bajo que no valgo! La garganta se ha quedado en dique seco y tu mente no se diferencia demasiado de un folio en blanco. La segunda y tercera van encontrando algo más su espacio, te llenas de aplomo aunque prefieres que tu intervención sea lo más breve posible para huir despavorida a ocultarte en algún rincón. A fuerza de ponerte, de saberte imperfecto, de saberte humano, le vas perdiendo el miedo aunque, eso sí, en ningún momento te regodeas en la impactante idea de imaginar a tres millones de espectadores (tirando por lo alto) padeciendo tu vulnerable presencia.

Hablas con mimo, como a quien amas, con juego, con sinceridad, con proximidad... o por lo menos eso intentas. No somos perfectos ¡a qué disimularlo! Y empiezas a disfrutar, a ser, a jugar a la pelota, a guiñar y a comunicar. Dices tonterías, verdades, finges... te diviertes.

Espero poder escuchar durante muchos años ese "3, 2, 1... ¡Dentro!". Esta es la tele, un lugar donde nada es verdad y nada es mentira, todo depende del color de la pantalla que se mire.