Los datos cantan. La última feria del libro nos ofrece un panorama yermo y deshabitado a propósito de los clientes habituales del libro. La mitad de la población española no lee nada, la otra mitad sí, y mucho. Siempre se ha dicho que España es un país de contrastes (los microclimas malagueños versus el cierzo norteño), pero nadie se imaginaba que la cosa pudiera llegar a tanto. Los que no leen se alimentan de Yola Berrocal y de su circo, pero ¿y los que leen?, ¿de qué se alimentan? No es por comparar, pero hay un abismo de siglos (nunca mejor dicho) entre un soneto encendido de Quevedo y las entretelas de la chica de la limpieza de Guillermo Fesser, y sin embargo en la FNAC el libro escrito por el medio corazón de Gomaespuma está agotado. Juan Manuel de Prada decía no hace mucho en nuestras páginas, que es imposible que salgan diez obras maestras cada mes y, sin embargo, así es como la publicidad nos lo hace creer con los pendones de la propaganda y sus apetitosos cebos, y así provocar que piquen los clientes. Estamos poco habituados a juzgar nuestras lecturas en base a un criterio de selección. Impera la opción por la actualidad. Es como si tuviéramos repelús frente a todo lo que no huela a la tinta del periódico del día. El que no vea Gran Hermano no está con los tiempos, el que no lea la última novela de Noah Gordon o de Ken Follet no sabe lo que es literatura, y cosas así. "Para contar una historia - dice Susanna Tamaro en las páginas centrales del Calibán de este mes - no basta con tener facilidad para escribir o capacidad de inventar una trama convincente. Es necesario tener una visión personal del mundo. Es decir, saber a qué conclusión nos llevará la historia que estamos contando". El lector debería conocer la visión personal del mundo que tiene el autor, por el que ha dejado dos mil ochocientas cucas en el mostrador de una librería, antes de llevarse muy ufano su obra "que es de lo más moderna". La historia consiste en saber a dónde me conduce una lectura y si ese recorrido es compatible con una visión del mundo genuinamente humana. Por ejemplo, Arturo Pérez Reverte tiene una visión muy pesimista y agresiva del mundo, escribe muy bien pero es un albatros herido de muerte por los dientes de un tiburón. Así habla de su última novela: "El mar es como la vida, eso de que es bonito y apacible es mentira, te está siempre esperando para darte el zarpazo. Tienes que estar siempre a la defensiva". Y esa es la lección que el lector aprende (además de haber conocido nuevos adjetivos marítimos y lo haya pasado bien en la singladura de la lectura).A los escritores hay que exigirles menos preciosismo formal, menos divertimento barato y más valor para hundir el pico en la tierra blanda del ser humano. Para terminar con esta tesis, recogemos una belleza de texto del inconmensurable Ernesto Sábato extraído de su libro Antes del fin. "La raza de artistas a la que siempre he admirado es aquella a la que pertenecen quienes han unido a su actitud combatiente una grave preocupación espiritual; y en la búsqueda desesperada del sentido han creado obras cuya desnudez y desgarro es lo que siempre imaginé como única expresión para la verdad". |