Dr. Jekyll El responsable de la cinta es, el siempre enigmático, Peter Weir (El club de los poetas muertos, Héroe por accidente). Director de origen australiano, su personal conquista de Hollywood la obtuvo con una de intriga, amor y "polis" duros, Único testigo (1985). Ya antes, en su Australia natal, había demostrado que su cine era más que prometedor. Prueba de ello son películas como Gallipoli (1981) o El año que vivimos peligrosamente (1982), ambas protagonizadas por su compatriota Mel Gibson. Enemigo de la superficialidad narrativa y de brillante técnica cinematográfica, confirma en El Show de Truman su alta calidad visual.
El guión de la película lo firma Andrew Niccol, guionista y director de Gattaca, película de la que ya hemos hablado en esta sección. Obviando las claras diferencias de género entre ambas, Niccoll hace aquí también un crudo retrato de la deshumanización de la sociedad y de la manipulación, genética o no, de la vida de un hombre. Consciente de las posibilidades dramáticas de la historia de Niccol, Weir respeta al máximo el guión y realiza un estupendo trabajo de puesta en escena y de dirección de actores. Recordemos que el protagonista es, ni más ni menos, que el histriónico Jim Carrey, quien demuestra en este papel que puede llegar a ser un estupendo actor dramático. Estupendo está también Ed Harris en el papel de malévolo productor que le valió una candidatura al mejor actor secundario en los Oscars del año pasado. |
Mr. Hyde La película plantea el tema de la manipulación televisiva desde una curiosa perspectiva, desde el punto de vista de los personajes de la televisión. Pero, ¿quién está siendo más manipulado, Truman Burbank, protagonista, sin saberlo, del Show, o los propios telespectadores, consumidores compulsivos de todos aquellos productos que salen al aire, e incapaces de distinguir entre ficción y realidad? La visión de la sociedad que se hace en la cinta es realmente patética, aunque, tristemente, no muy lejana a la realidad. No hay más que analizar nuestro comportamiento: Después de trabajar y dormir, ver la televisión es la tercera actividad que realizamos, lo que se traduce en un montón de horas que le quitamos a la lectura de un buen libro, a la salida a algún espectáculo o a la conversación en familia. En la cinta, los personajes, dentro y fuera de la pantalla, se mueven al son de la productora y de las estrategias de marketing, en su particular lucha por la audiencia. Parece como si ganar esta guerra estuviera por encima de los sentimientos de las personas en un "todo vale" con tal de capturar al espectador. Pero esto, al final, es una trampa para todos, incluso para los captadores. "¿Pero, cómo quieren que siga trabajando en estas condiciones? No lo soporto más", grita la ficticia esposa de Truman en un momento de locura del mismo. El director consigue hacer creíble lo increíble. Hace que nos olvidemos del punto de partida tan rocambolesco, para meternos de lleno en lo que realmente importa de la historia: el derecho a la intimidad y a la libertad de actuación. |