Número 15, mayo 2000
Apuntes para después
de una película
Vale, uno sale del cine conmovido, tocado por las alas de las hadas invisibles y hasta que no llega a la calle se cree que en sus labios permanece la sonrisa de Bruce Willis o una se imagina la mujer más adorable de la tierra o el superinvestigador más arriesgado, dispuesto a saltarse todas las reglas con tal de salvar a su mujer. Lo primero, esperar a que terminen los fuegos artificiales de la música de los créditos, que impiden al espectador salir de la pantalla. Una vez en la calle, nada de "¡qué guapo Matt Damon!, ¡qué buena está la Pfeiffer!, ¡vaya con los ojos de Sandra Bullock!, ¡y qué música!, ¡Eric Clapton es genial!, nada como la escena de la puesta de sol cuando los dos se besan… ¡qué bonita!", como si la calidad de una película residiera principalmente en la banda sonora o en las inevitables poses, que no interpretación, de los actores. Todo esto se vende en la sección de complementos del film pero nunca deben salir a la pista central de nuestros comentarios. Porque el pescado que se vende en una película va más allá. Si Memorias de África llega al corazón no lo es primordialmente por la música de John Barry o por la espectacular fuga de flamencos, sino por la mágica intensidad que Pollack ha creado en torno a la pareja protagonista.

Deberíamos ir a la tesis de la película. Todo plano de un film está estudiado, que se lo digan a Dreyer o a Kubrick ( a éste le reprochaban su endiablada meticulosidad. "El perfeccionismo: los periodistas utilizan esta palabra para agredirme y me parece injusta. Si se intenta hacer algo, uno procura que resulte lo mejor posible. Nunca desperdicio mi tiempo ni mi dinero, sino que trato de hacer bien las cosas"). Nada es gratuito, toda escena, todo movimiento de cámara busca provocar una reacción en el espectador, es un estímulo dirigido. Hay intención en el director. Incluso hay casos en los que, si la película es una obra maestra, puede expresar temas que se le escapan a la intencionalidad primera del director. Como una novela de Dostoieski, que es un pozo sin fondo del que extraer conclusiones para el corazón del hombre.

La tesis de la película inevitablemente chocará de frente con nuestros gustos, criterios, personalidad, creencias, ideas. La tesis de la película tiene irrenunciablemente que pasar por el tamiz de la definición que tenemos del ser humano, de los objetivos primordiales que nos hemos propuesto en la vida, y comprobar si provocan sacudida, enseñanza, apuntes más verdaderos o más falsos. Ya lo decía el bueno de Hamlet (con su pizca de exageración), "toda escena de crimen realizada en las tablas provoca en el espectador un estremecimiento tal que se ve impelido a gritar su culpa". Desde aquí, el espectador desguaza lo que ve para sacar el conejo de lo verdaderamente humano y arrojar lejos la chistera de la falsedad o de la mediocridad, porque todo mensaje deja huella. Consciente o inconscientemente. El hombre es un ser receptivo. Si le puede afectar un olor o una visión (como la magdalena de Proust), ¿qué será un producto en el que entran en juego todos los sentidos?

Hay productos artísticos que reflejan realidades humanas negativas, crudas: deslealtades, violencias despeñadas, celos enfermizos, navajazos morales desde la garganta a la ingle, humillaciones, vejaciones… pero son manifestaciones que pueden provocar una reacción positiva en el espectador. Ejemplos próximos los tenemos en la primera media hora de Salvar al soldado Ryan de Spielberg o en el dolor físico del niño prodigio de Magnolia, la maravillosa parábola de Anderson. No se puede ir con criterios moralistas a ver una película ("quiero ver al malo, al bueno, y cuando vea algo de sexo y violencia censuro la película y punto"). Volviendo al inevitable Stanley Kubrick: "No hay que hacer películas de Frank Capra para mostrar que se ama a la gente". Desde luego en una película, que es arte en estado puro, aunque nos lo hayan relegado al puesto número 7, habría que tamizar con maestría las escenas más privadas o profundas del hombre (como el retrete o la cama). Groucho Marx se escandalizaba de que "en el cine moderno se ha sacado al aire libre la cama y el retrete, y parece que la cosa funciona". Hasta la mismísima Mercedes Milá ha hecho recientes declaraciones en Diario 16 sobre el programa de Tele 5 Gran Hermano del que comenta: "Hay zonas de la intimidad que deben quedar a salvo, como el retrete y la relación sexual. Si se dan, serán sugeridas, no se recogerán explícitamente, ya se sabe, basta con un movimiento debajo de una manta". La explicitación aburre (Showgirls ha sido considerada recientemente la peor película de la historia del cine), el disfraz y la magia conmueven.

Para descubrir si una película es verdaderamente humana hay que descubrir bajo sus capas de cebolla (diálogos, música…) si los personajes andan necesitados de una realidad más grande, si se sienten insatisfechos porque no les llena lo que tienen, si poseen angustia vital a pesar de contar siempre con dinero fácil, si encubren una realidad que les puede hacer mejores pero la han enterrado y no la quieren afrontar. Así tenemos ejemplos en dos peliculones recientes: Una historia verdadera, en la que el perdón del hermano suscita una convulsión tal que el espectador se siente llamado a una vida mejor. O American Beauty, en la que el espectador ve con patetismo un camino del que dice, "por aquí no se puede ir, por aquí no se puede ir".

Alicia García