Número 15, mayo 2000
El síndrome Truman
Dormir sin descansar, hablar sin pensar, trabajar sin convicción, ver televisión sin disfrutar. Son actitudes que adoptamos, de forma más o menos habitual, en función de las circunstancias que nos asaltan. Nos acostumbramos a decidir, a no ser selectivos, a pasarnos por el forro lo que es de todos porque en realidad no es de nadie, como la tele, que jamás nos pertenecerá. Quizás por eso nos dé igual llegar a casa y tirarnos en el sofá para cultivar los michelines de nuestros ojos. ¿A quién le importa lo que no es suyo?

A casi nadie, por eso la mayoría agradece los actuales contenidos generalistas, por eso nos gustan, porque no es necesario romperse la cabeza para ver fútbol, tv-movies, culebrones o series tan reales como la vida misma. Y tan real como la vida misma es el próximo invento televisivo que llegará muy pronto a nuestras pantallas: BIG BROTHER. La vida de una familia retransmitida en directo las 24 horas del día. Todo un homenaje a nuestro entrañable Truman.

¿Quién nos asegura que nuestra vida es privada? ¿Quién está seguro de que sus intimidades son anónimas? ¿Dónde están las cámaras? ¿Dentro o fuera de la televisión? Hemos pasado de ver la televisión a ser observados por ella, quizás por eso, necesitemos tenerla encendida muy a menudo, para que nos vean. Las audiencias suben y la mediocridad se expande. Cada vez nos parecemos más los unos a los otros. Hacemos lo mismo, pensamos en los mismos términos de negocio, moda y amor, y todo gracias a la tele.

Big Brother marca un límite, un punto de inflexión y de reflexión. A partir de ahora tendremos que decidir si la realidad debe superar la barrera de la ficción. Tendremos que volver a repasar los conceptos de verdad y mentira, tendremos que esperar para saber lo que pasa y cómo reacciona el público. ¿Cómo esperar? Viendo la televisión. Una vez más, la aplastante realidad nos desborda. Para demasiada gente la gran satisfacción del día es enfrentarse a su programa favorito. Estos son los que mandan, los que sacrifican el entretenimiento por la aburrida y absurda realidad, los que no quieren soñar, los que odian la ciencia ficción y los que nos obligan a sacrificar la imaginación por la retransmisión en directo de nuestra propia realidad. Y lo peor de todo, es que ambas cosas las hemos hecho nosotros así. Y al que no le guste que cambie de vida o que cambie de canal. Pero antes de hacerlo, cuidado con las cámaras, si el público se enfada dejarás de existir... y eso sí que suena mal.

 

Jaime Sainz García.