Número 17, noviembre 2000


En el Consejo Europeo de Colonia de junio de 1999, el canciller alemán Schröder propuso la elaboración de una Carta de Derechos propia de la Unión Europea, para expresar de esta forma su esencia como comunidad de valores.

Esta reclamación pudiera parecer a primera vista no sólo aconsejable sino imprescindible, como la calefacción para el invierno o los grandes éxitos de Police para aprender de sonidos genuinos. Sin embargo, la propuesta tiene sus fisuras si ponemos el acento en que se habla de nuestros derechos, "los nuestros". Si nos hacemos con un listado propio del área occidental, ¿no tendrían razón los asiáticos al criticarnos que la democracia, la defensa de las libertades individuales, el derecho a la libertad de prensa, etc., son cuestiones de nuestro campo geográfico? Lo mismo ocurre con la defensa de un Tribunal Penal que atienda a lo que nosotros consideramos delitos, así haríamos un flaco favor al afán por defender un criterio común para todos los atropellos y delitos cometidos en cualquier rincón del mundo. Los derechos humanos son patrimonio de la humanidad, no un gusto culinario. Cada delito es un delito contra cada ser humano y contra todo ser humano, no una infracción local que responde a una tipología provisional. Por esta regla de tres, a Milosevic no se le podría enjuiciar fuera de su territorio y el Tribunal Penal de la Haya estaría metiendo los pies en una frontera penal tan diversa como… ¿respetable?

Dos meses antes de la celebración de la Conferencia de Viena sobre los derechos humanos en el año 1993, los países asiáticos se reunieron en Bangkok y redactaron un comunicado final que insistía en considerar los derechos humanos como una realidad a estudiar "en el marco de las particularidades nacionales y regionales, y en el contexto de los diversos bagajes históricos, religiosos y culturales". El mismísimo presidente chino Jiang Zemin ha vuelto a defender la relatividad de estos derechos.

"Esta Carta merece una adhesión clara y expresa, como definidora de la comunidad de valores que afirmamos constituir". Las palabras son de Enrique Barón, presidente del Grupo Parlamentario del PSE en el Parlamento Europeo, y en ellas existe ese ribetillo particularista que, inconscientemente, relativiza los derechos humanos. Estos derechos no son un esfuerzo de construcción, ni una concesión de privilegios que nos arrogamos, sino un descubrimiento sorprendente que hacemos al escarbar sinceramente en nuestra condición, y ello merece un estudio sin complejos ni estrecheces, y una promulgación verdaderamente internacional, que no huela a leñera de pueblo.