A veces somos demasiado exigentes
por favor
que vamos a caer en el calamitoso error de apuntar y avergonzar como hace la prensa inglesa con los pederastas. Nada más humano que la falta de tiempo para eludir un trabajo tan hipo-rentable como escribir un libro. Es lógico que la pobre Ana Rosa ande de cabeza con tanta entrevista desgañitada sobre las infidelidades de un cirujano, o con la inestimable búsqueda de la diferencia de recetas entre los mejillones a la crema y los mejillones crepitour. La literatura es un apéndice molesto que da la lata, que se deja como una posibilidad remota, es un escarceo de bohemio solitario que tiene por plató un miserable cubil sin focos ni micrófonos desde el que aporrea un teclado con huellas de nicotina y escamas de café.
Escribir un libro es incómodo, molesta, como las miguillas de pan que corretean con descuido sobre el mantel y que con gesto decidido se apartan para evitar que uno se pringue la manga con su blanco betún. Por eso es más conveniente que esa tarea, esa gestión de mal agüero, la hagan los negros más hábiles y menos ocupados. Así como se deja a la secretaria la tarea de etiquetar los sobres, así se manda a escritores sin sombra la sagrada misión de hacer las veces del creador. Vaya, a Ana Rosa se le han escapado premios. Es una pena, porque si Sabor a hiel hubiera corrido con menos prisas, a lo peor se hubiera llevado el Planeta y Maruja Torres se habría quedado para vestir periódicos. Es curioso, en estas dos mujeres se cumple fervorosamente el dicho de que todo lo que en literatura no es biografía, es plagio. Maruja a sus batallitas personales y Ana Rosa Ana Rosa a otra cosa. |