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El niño gruñón que contaba verdades Ernesto Sábato se acerca a las 90 primaveras, y no lo hace a regañadientes ni con un paranoico entusiasmo. Su estado vital se acerca más a un tipo de beneficiosa conformidad que le sirve para ver las cosas que pasan con sosiego. Está cansado de hipocresías, de falsas esperanzas, de que el mundo se pudra en una pobreza congénita y que sólo nos sirva como material de conversación mientras la inactividad acampa a sus anchas. Sábato es un buscador de la verdad y se resiste a dejar de serlo.
En esta obra-testamento, nos advierte del peligro de la realidad virtual. A medida que nos relacionamos de manera abstracta, más nos alejamos del corazón de las cosas y una indiferencia metafísica se adueña de nosotros, "Trágicamente, el hombre está perdiendo el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que lo rodea, siendo que es allí donde se dan el encuentro, la posibilidad del amor, los gestos supremos de la vida". El exceso de luz de los ordenadores nos ciega para descubrir al otro, convirtiéndose éste en cómplice, no en amigo, sino en el compañero de un juego de ordenador, en el destinatario de una correspondencia, pero no alguien a quien proponer la intimidad de tu vida, alguien merecedor de nuestra confidencias. Y es que el escritor argentino se toma en serio las relaciones humanas. Dice que el amor siempre pertenece a la magnitud del milagro, "se sacrifican quienes envejecen trabajando por los demás, quienes mueren para salvar al prójimo, ¿y puede haber sacrificio cuando la vida ha perdido el sentido para el hombre, o sólo lo halla en la comodidad individual, en la realización del éxito personal?". |
| En tiempos en los que la fidelidad es la más fea de la fiesta y pocos quieren bailar con ella, Ernesto Sábato nos larga: "Creo que lo esencial de la vida es la fidelidad a lo que uno cree su destino, que se revela en esos momentos decisivos, esos cruces de caminos que son difíciles de soportar pero que nos abren a las grande opciones. Son momentos muy graves porque la elección nos sobrepasa, uno no ve hacia delante ni hacia atrás, como si nos cubriese una niebla crucial, o como si uno tuviera que elegir la carta decisiva de la existencia con los ojos cerrados". "Muchas personas dice en otro momento no se atreven a decidir conforme a su vocación, conforme a ese llamado interior que el ser humano escucha en el silencio del alma. La fidelidad a la vocación, ese misterioso llamado, es el fiel de la balanza donde se juega la existencia si uno ha tenido el privilegio de vivir en libertad".
Fernando Bruno
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