Número 17, noviembre 2000

Ernesto Sábato
El niño gruñón que contaba verdades

Ernesto Sábato se acerca a las 90 primaveras, y no lo hace a regañadientes ni con un paranoico entusiasmo. Su estado vital se acerca más a un tipo de beneficiosa conformidad que le sirve para ver las cosas que pasan con sosiego. Está cansado de hipocresías, de falsas esperanzas, de que el mundo se pudra en una pobreza congénita y que sólo nos sirva como material de conversación mientras la inactividad acampa a sus anchas. Sábato es un buscador de la verdad y se resiste a dejar de serlo.

En La resistencia, el pesimismo de Sábato no es atroz, no tiene el malhumor del anciano cascarrabias al que todo le molesta: el nieto impertinente, la sirena de la ambulancia, una inocente impuntualidad, sino que nace de la contemplación de un mundo que no le gusta, en el que las dos terceras partes viven calamidades, por eso opta por la resistencia y por la defensa de que "hay algo que no falta, la convicción de que los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana".

En esta obra-testamento, nos advierte del peligro de la realidad virtual. A medida que nos relacionamos de manera abstracta, más nos alejamos del corazón de las cosas y una indiferencia metafísica se adueña de nosotros, "Trágicamente, el hombre está perdiendo el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que lo rodea, siendo que es allí donde se dan el encuentro, la posibilidad del amor, los gestos supremos de la vida". El exceso de luz de los ordenadores nos ciega para descubrir al otro, convirtiéndose éste en cómplice, no en amigo, sino en el compañero de un juego de ordenador, en el destinatario de una correspondencia, pero no alguien a quien proponer la intimidad de tu vida, alguien merecedor de nuestra confidencias. Y es que el escritor argentino se toma en serio las relaciones humanas. Dice que el amor siempre pertenece a la magnitud del milagro, "se sacrifican quienes envejecen trabajando por los demás, quienes mueren para salvar al prójimo, ¿y puede haber sacrificio cuando la vida ha perdido el sentido para el hombre, o sólo lo halla en la comodidad individual, en la realización del éxito personal?".

En tiempos en los que la fidelidad es la más fea de la fiesta y pocos quieren bailar con ella, Ernesto Sábato nos larga: "Creo que lo esencial de la vida es la fidelidad a lo que uno cree su destino, que se revela en esos momentos decisivos, esos cruces de caminos que son difíciles de soportar pero que nos abren a las grande opciones. Son momentos muy graves porque la elección nos sobrepasa, uno no ve hacia delante ni hacia atrás, como si nos cubriese una niebla crucial, o como si uno tuviera que elegir la carta decisiva de la existencia con los ojos cerrados". "Muchas personas — dice en otro momento — no se atreven a decidir conforme a su vocación, conforme a ese llamado interior que el ser humano escucha en el silencio del alma. La fidelidad a la vocación, ese misterioso llamado, es el fiel de la balanza donde se juega la existencia si uno ha tenido el privilegio de vivir en libertad".

Fernando Bruno

"En la vida uno muchas veces cree andar perdido, cuando en realidad siempre caminamos con un rumbo fijo, en ocasiones determinado por nuestra voluntad más visible, pero en otras, quizá más decisivas para nuestra existencia, por una voluntad desconocida aun para nosotros mismos, pero no obstante poderosa e inmanejable, que nos va haciendo marchar hacia los lugares en que debemos encontrarnos con seres o cosas que, de una manera o de otra, son, o han sido, o van a ser primordiales para nuestro destino., favoreciendo o estorbando nuestros deseos aparentes ayudando y obstaculizando nuestras ansiedades y, a veces, lo que resulta todavía más asombroso, demostrando a la larga estar más despiertos que nuestra voluntad consciente. En el momento, nuestras vidas nos parecen escenas sueltas, una al lado de la otra, como tenues, inciertas y livianísimas hojas arrastradas por el furioso y sin sentido viento del tiempo. Para mí, el hilo que las une y que las va haciendo salir una después de otra es cierta ferocidad en la búsqueda de algo absoluto, cierta perplejidad, la que une palabras como hijo, amor, Dios, pecado, pureza, mar, muerte".