Número 16, octubre 2000



Hemos pegado la oreja a la vía del tren de la globalización, como zahoríes en busca de sonidos sospechosos, para intentar descubrir si la Cumbre de la ONU del mes pasado (Cumbre del Milenio) ha sido algo más que una campaña publicitaria pro-yanqui (la imagen de Clinton ha salido más fortalecida que nunca, como si con su discurso nos hubiera legado la herencia de un héroe), o si verdaderamente se han facilitado pautas para promover un desarrollo integral, contando con los países más y menos favorecidos. La declaración final ha sido un despropósito de lugares comunes, el típico bla bla bla que cualquier rapero neoyorquino se hubiera cargado en un par de canciones.

La primera tarea de las Naciones Unidas es la de mantener y promover la paz en el mundo. En este apartado, los puntos negros no han podido ser más palpables. La culpa en la ralentización de las ayudas ha provenido de un Consejo de Seguridad configurado por partes interesadas; no precisamente por misioneras de la Madre Teresa.

La segunda tarea de las Naciones Unidas es la de promover el desarrollo. ¿Cómo es posible que una parte importante de la población mundial viva en condiciones de miseria, que son una ofensa a la dignidad humana, mientras los EEUU se gastan un porrón de dólares en un escudo antimisiles o muchos países europeos son sujetos activos en el tráfico armamentístico? La situación exigiría una renovación moral y financiera con tres objetivos: la cancelación inmediata de la deuda de los países pobres, una renovación de la ayuda al desarrollo y una generosa apertura de los mercados.

La tercera tarea de las Naciones Unidas es la de promover los derechos humanos. Habrá que alentar las iniciativas para evitar el racismo, la xenofobia y la intolerancia, y especialmente defender la vida en todas sus fases. A este respecto, el cardenal Sodano tomó la palabra en la Cumbre en nombre de Juan Pablo II y dijo, "es preciso reforzar los derechos humanos, dándoles una base ética sólida, pues de lo contrario permanecerán frágiles y sin cimientos. A este propósito, es necesario reafirmar que los derechos humanos no son creados ni otorgados por nadie, sino que son inherentes a la naturaleza humana. Según la Santa Sede, la ley natural, inscrita por Dios en el corazón de cada ser humano, es un denominador común a todos los hombres y a todos los pueblos. Es un lenguaje universal, que todos pueden conocer y sobre la base del cual se pueden entender los pueblos".

Y para terminar, la cuarta tarea de la ONU es la de garantizar la igualdad de todos sus miembros. Seamos serios, las Naciones Unidas son como el chiste, en ella todos los miembros son verdes, pero hay unos más verdes que otros. Habrá que tomarse en serio la escucha y el respeto de cada uno cuando se trata de tomar decisiones comunes. ¡Kofi, no te amilanes que aún queda un largo camino!