Número 16, octubre 2000

Moro de la morería


La otra noche, a la madrugada de Dios, estaba este pobrecito hablador en un cajero automático cuando llegó un morito (o sea, un magrebiíto) que no tendría más de dieciocho primaveras y me puso una navaja (como las de los gitanos de Lorca, pero estaba pinchaba en serio) en el costado. Mediante el lenguaje universal de los gestos me indicó con precisión que ya querría más de un literato no sólo lo que reclamaba, sino las funestas consecuencias que me sobrevendrían en caso de incumplimiento o retirada en polvorosa. Como buen temeroso de Dios este redactor paniaguado vació -no sin dolor- su exigua cuenta corriente de crítico literario (créanme, no hay nada más exiguo) y se la puso en la mano cochambrosa mientras —vaya Vd. a saber por qué- me venía a la memoria ,y pasaba de la memoria directamente a los labios, una jarcha mozárabe de mis tiempos de la facultad que rezaba así:

Garid vos, ay yermaniellas,
Com´contener a mieu mali!
Sin el habib non vivréyu,
Advolarei demandari.

El gesto de mi compañero dejó su mueca estreñida y postiza de atracador inexperto y se dulcificó todo lo que pudo permitírselo la flojera de las farolas del barrio de Tribunal para contestarme la segunda estrofa del mismo poema

Vayades ad Isbilya
Fy zavy tadyir,
Ca veré engaños
De Ibn Muhadir.

Acto seguido me devolvió la miseria de mis ganancias, que sin duda le habían decepcionado porque las miró ya desde el principio con gesto de triste victoria, me palmeó la espalda con fortaleza de guerrero pretérito, y pude verle adentrarse de nuevo en la noche como un Almanzor glorioso que vuelve a una gruta que no le corresponde. Le pregunté. No quiso decirme cómo se llamaba.