La otra noche, a la madrugada de Dios, estaba este pobrecito hablador Garid vos, ay yermaniellas, El gesto de mi compañero dejó su mueca estreñida y postiza de atracador inexperto y se dulcificó todo lo que pudo permitírselo la flojera de las farolas del barrio de Tribunal para contestarme la segunda estrofa del mismo poema Vayades ad Isbilya Acto seguido me devolvió la miseria de mis ganancias, que sin duda le habían decepcionado porque las miró ya desde el principio con gesto de triste victoria, me palmeó la espalda con fortaleza de guerrero pretérito, y pude verle adentrarse de nuevo en la noche como un Almanzor glorioso que vuelve a una gruta que no le corresponde. Le pregunté. No quiso decirme cómo se llamaba. |