![]() Lo pasé fatal el primer día. Un madrugón de los de aquí te espero. Me meto en la catedral de la Almudena y veo mogollón de gente, todos con la misma cara de sueño que yo. El obispo que decía la misa va y suelta, "peregrinos, en nuestra peregrinación a Roma nos vamos a encontrar con la raíz de nuestra fe, nos vamos a encontrar con Cristo, que nos va a hacer una pregunta ineludible: ¿estáis dispuestos a dar vuestra vida por mí?". ¡Caramba!, me dije, esto va en serio. Los viajes en autobús siempre se hacen largos, no encuentras postura, tienes la cabeza en Palencia y el estómago en el Senegal. Ni las películas de vídeo te pueden quitar el mal cuerpo. El primer destino fue Gerona, donde pasamos la noche, y al día siguiente nos pusimos de nuevo en ruta, camino de Asís. Es espectacular ver a tanta gente tomándose tan en serio los momentos de oración. En pequeños grupos todos cenamos y rezamos con la misma naturalidad, sin aspavientos ni cosas raras. En el camino hacia las tierras de San Francisco, vimos en vídeo la película de Zeffirelli "Hermano sol, hermana luna", un film un tanto melifluo, así como de anuncio de champú. Sin embargo, lo que me sobrecogió fue la figura de Francisco, lo deja todo no por una causa, sino por una persona, Jesucristo. Es como el que se enamora y ve todo lo demás como reflejo de luna al lado del sol de su chica. En Asís nos esperaba el arzobispo de Madrid, el cardenal Rouco Varela, que se hizo con nosotros todas las rutas de peregrinación del santo, el Eremu, Santa María de los Ángeles, San Damiano, la basílica de San Francisco... Y desde Asís, Roma comenzaba a intuirse. "¡Todo peregrino tiene un deseo, que es llegar a Roma con mucho meneo, meneo pacá, meneo pallá, meneo palante y meneo patrás!, ¡eh!". Mi amiga Laura me dice, "ya estuve en París hace un par de años, en la otra Jornada Mundial de la Juventud, y fue un encuentro con Jesucristo en toda regla, y quería repetir en Roma. Además, el estar con el Papa es una cosa única, irrepetible, te carga las pilas para el resto del año, es una pena que se hayan quedado muchos jóvenes en Madrid".
El día de la acogida del Papa a todos los peregrinos, nos habló de su infancia, de su juventud y nos contó la historia de su vocación. Los jóvenes habíamos tomado Roma, tan pronto cantábamos, nos reíamos, como nos pasábamos la Biblia. En una calle céntrica vimos a un obispo bielorruso que le pasaba una botella de agua a una joven polaca que estaba con un grupo de alemanes que se habían colado en una zona presidida por una bandera francesa. Me dice Agustín, "me habían explicado que católico significa universal, pero nunca lo había vivido o sentido tan de cerca, ahora puedo contarle al mundo entero la alegría de ser católico, somos una familia". La prensa italiana nos ha llamado Papaboys y en España casi ni se nos ha mencionado. Gregorio Roldán, delegado de Juventud del Arzobispado de Madrid, decía, "es una pena. Cuando cientos de personas se reúnen en una playa para asistir a un concierto de un cantante conocido, los medios de comunicación se desbordan, y aquí, que hay dos millones de jóvenes, parece que se tiene miedo a decir con claridad el motivo de la reunión, que los jóvenes quieren tener una experiencia de Iglesia y ser evangelizadores de Jesucristo en sus lugares de estudio y diversión". La Vigilia y la misa en Tor Vergata fueron un acontecimiento imborrable. La sede del Papa nos pilló un poco lejos, pero María Jesús me decía, "a nosotros no nos importa si estamos cerca o lejos, porque no es que vayamos a ver al Papa sino que el Papa viene a vernos y aquí estamos para escucharle". Y Juan Pablo II nos llamó centinelas del mañana, "queridos jóvenes del siglo que comienza, diciendo "sí" a Cristo decís "sí" a todos vuestros ideales más nobles. No tengáis miedo a entregaros a Él". Fue la bomba, una pasada. Carlos Martínez Bernal |