Número 22, abril 2001

¿ES QUE NO PODEMOS VIVIR CON RIESGOS?





La enfermedad de las vacas locas y las aftosas de camuflaje en frontera no son más que una anécdota de un principio de milenio que nos ha puesto en el disparadero de lo irracional. Estamos empezando a ver que la realidad se nos manifiesta hostil, hay demasiados riesgos y lo más práctico es... inhibirse.

Es verdad que hay riesgos que no deberían ser tales y tendrían que evitarse, porque en nuestra mano está encontrar soluciones. Me refiero a casos como el de la caída de la plataforma petrolífera de la empresa Petrobrar, cerca de las costas brasileñas, que ocurrió el mes pasado. Para todo episodio de progreso habría que seguir escrupulosamente las pautas de Albert Einstein: "El hombre y su seguridad deben ser la primera preocupación de toda aventura tecnológica". La tecnología es un instrumental a nuestro servicio que debe seguir siempre pautas humanas evitando, en cualquier caso, toda clase de burradas morales o negligencias. Sin embargo, esto no quiere decir que haya que llegar a las sentencias apocalípticas del sociólogo de moda, Ulrich Beck, cuando opina que la modernización conduce a un infierno inhumano que pone en cuestión el modelo de desarrollo.

Pero hay un dato inequívoco: los peligros habituales no pueden eludirse, porque cada decisión humana lleva implícita la marca insalvable del riesgo. Ya sabemos que el ordenador emite radiaciones y que subir al avión puede provocar el mal del turista (tanto tiempo de inmovilidad produce derrames en las piernas, pérdidas de conocimiento, vahídos...), y que leer en la cama con poca luz es malo para la vista y que comer de buffet no es recomendable porque la comida lleva más tiempo del debido expuesta al exterior... pero, ¿esto justifica el que tengamos que salir a la calle con mascarilla, a lo Michael Jackson?, ¿esto justifica el que la prevención sea nuestra actitud primordial ante la vida? Por ejemplo, hay un discurso espantoso hacia los inmigrantes que está empezando a cuajar, y del que las famosas declaraciones de Barrera y Ferrusola no fueron sino su exponente, y es el dato del informe "España 2001" de la Fundación Encuentro, en el que se recoge que el 49% de los españoles opina que la presencia de inmigrantes hace aumentar el paro y la delincuencia. Nos inventamos el mito de que los inmigrantes nos amenazan y, para evitar riesgos... ¡prevención! En el fondo, existe un principio de inamovilidad burguesa en estos juicios. Preferimos que nadie toque nuestro estatus vital-social porque así no afrontramos el riesgo del encuentro.

Y este análisis se puede transportar literalmente al ámbito de las decisiones esenciales del ser humano, como la de asumir el reto-riesgo de la entrega personal a alguien con quien compartir para siempre la propia vida. En un estudio sobre los jóvenes, que lleva por título Adultescentes, comenta Eduardo Verdú: "Hoy los jóvenes cambiamos frecuentemente de trabajo, las novias o los novios nos duran cuatro cines, siete cafés y un desayuno, y las casas nunca se acaban de amueblar porque siempre son provisionales". Los riesgos que se asumen sólo son riesgos del presente, que se manifiestan en experiencias puntuales (por ejemplo, los "deportes de riesgo"), pero no afectan a los proyectos de vida, a la entrega de la persona a algo definitivo... El matrimonio intimida porque todas las variables las tenemos fuera de nuestro campo visual y son ajenas a nuetro gobierno. De ahí que, también en su libro, Verdú afirme que la religión-fe no pueda cuajar, "porque no somos un terreno donde puedan prender sus preceptos. La religión se asienta en el presente sostenido por dos pilares básicos: el pasado (la experiencia histórica) y el futuro (un futuro trascendente)".

De ahí que el presentismo burgués sea la aftosa más peliaguda, ese virus que elude fronteras con un carnet inmune a todo control policial. ¿Es que no podemos vivir con riesgos?