![]() Por mucho que Florentino se le suba a las barbas o el equipo de guionistas haga alguna picia, a Capitán el semblante no se le muda. Tiene la serenidad que despiden esas fotos sepia de los años 20 en las que aparecen parejas de novios paseando del brazo con un fondo de arboleda del Retiro. Nada delata en su expresión zumbido de inquietudes menos esas muescas picaruelas de los ojos, que revelan un cierto sarcasmo. Los estribos los pierde la tarde de los domingos con el fútbol, entonces empieza a sudar. Lo de Florentino es de nitroglicerina doméstica, es una explosión de naturalidad... incandescente (aunque muy comedida en corto). Florentino siempre ha estado al quite con su ironía, y gracias a una desmadrada pasión por los suyos ha sabido gan arle bazas a las malas tretas de los reyezuelos del mundillo de la comunicación que querían nombrarle padrino de la farándula a costa de perder cuota familiar. Ambos odian esa imagen del artista-workholic, esa secta que hace de la vida una pantalla de ordenador y de los amigos un consejo de administración. Tienen su vida en paralelo, por eso cuando hablan contigo te sonríen como el panadero o te cuentan su vida como lo haría la chica de la mercería.Calibán.- ¿Tuvisteis un primer encuentro feliz o la cosa fue muy seria? Florentino Fernández.- Bueno, yo entré en un plató inmenso en el que Javier estaba sentado en una mesa muy pequeña y yo pensaba: "madre mía, ¿y con este tío tan serio voy a hacer humor?". Al final la cosa fue muy bien, porque su humor es muy peculiar, el mío es más caricaturesco. Javier Capitán.- Sí, fue un primer encuentro serio, en el que no hubo acercamiento personal. C.- A pesar de ser la cabeza del pelotón, la imagen del programa es muy coral, no lleváis vosotros todo el peso, ¿no? JC.- Es la pura necesidad de un programa diario de humor. El humor desgasta mucho y necesitas disponer de más elementos personales. Por eso somos varios. FF.- Todos creemos en el trabajo en equipo, y eso que somos muy dispares. Cada uno pone lo que falta al otro. C.- Con modestia, ¿por qué tiene tanta audiencia El informal? FF.- P JC.- El informal es un producto de muy fácil consumo a esa hora. Es un momento de transición y es sencillo de digerir ya que ofrece un enfoque divertido de la actualidad. C.- Javier Bardem ha dicho hace poco que estaba asustado con la responsabilidad de ser conocido, porque cosa que decía cosa que generaba opinión, ¿no pensáis lo mismo? JC.- Nuestra ambición no es crear opinión, sino divertir. Nuestro humor siempre tiene un componente crítico sobre los errores, las equivocaciones y las injusticias de todos los días. Lo que quiero no es que la gente piense como yo, sino que piense en una serie de contradicciones sociales, políticas... Nos equivocaríamos si hiciéramos ideología. Hacer pensar a la gente como nosotros pensamos sería hacer política, ideología. El programa estaría condenado al fracaso. Por eso, intentamos tratar de forma igualmente crítica al gobierno, a la oposición... FF.- Pero es verdad que la gente se fija en lo que haces y dices. A mí me hace mucha gracia que la gente me diga que tiene un amigo que se parece a mí, con la misma cara, las mismas gafas, la misma barrigota... He recibido cartas de chicas de 16 años que me decían que estaban gorditas y desde que salgo en la tele les da menos miedo que le digan que está gorda, porque a mí te da igual, e incluso me río. Ahí tienes un referente claro. Esta no es una profesión que se queda aquí, hay responsabilidad. C.- ¿Cuál es la edad mínima del público que ve El informal? FF.- Hay casos de 4 y 6 años. Yo me quedo de piedra porque hablamos sobre todo de política, o de cosas que no pueden entender. Son fieles porque, aunque no entiendan ni papa, les gustan las voces, los ruidos, las chorradas, los tonos... Por ejemplo, la voz de Capitán cuando imita a Aznar es como de dibujo animado, y los chavales se vuelven locos. El humor tiene que ser lo más llano posible porque el programa es como una reunión de familia. JC.- Yo peleo mucho lo de la autocensura, porque es verdad que muchos niños ven el pr C.- ¿Ser padre asusta? FF.- Qué va, me encantaría. No me puedo morir en esta vida sin ser padre. C.- ¿Por qué dais más la sensación de curritos que de artistones de canapé? FF.- En mi caso porque siempre he tenido esa forma de pensar. Lo primero que me inculcó mi familia fue el amor al trabajo. No creo en la figura del artista de canapé, aunque hay veces en que te ves obligado a ir a fiestas. La fama viene con el trabajo, la tienes que asumir pero, particularmente, no me interesa. Es como el mecánico que se mancha las manos con aceite, no quiere mancharse pero tiene que aceptarlo porque es una consecuencia de su trabajo. Odio la fama, entre comillas, porque a veces enternece. JC.- En esta profesión la línea que separa el éxito del fracaso es tan fina que se traspasa con una facilidad enorme. A mí me ha tocado estar en programas que no han funcionado y en otros que sí lo han hecho, y muy bien. Hay que vivir el éxito con prudencia y los fracasos sin hundimientos. Es el modo de moverse en esta profesión y el día que te crees el rey dejas de entender la profesión y empiezas a mirarte sólo a ti mismo. C.- Con tanto canal digital, con tanta opción mediática cada vez se tiende más a la especialización, ¿no os estaréis especializando exclusivamente en el apartado del humor? FF.- Hay dos caminos, el que demanda el mercado y el de tus iniciativas, entre ambas realidades tienes que hacer una mezcla. A mí me gusta el humor y lo que le rodea: los monólogos, el espectáculo teatral, los efectos de sonido, las luces, todo lo que represente algún tipo de sorpresa para la otra parte. |