Número 22, abril 2001

EL DOLOR
¿Por qué? ¿Para qué?
Y ¿por qué no te gustan los porqués?

- Pues porque ... (uhhmm... ¿por qué no me gustan determinados porqués?). Pues porque... se reproducen sin límite.

- ¿...?

- Porque contestarlos genera irremediablemente más porqués.

- ¡Vaya, hombre!, ¿y cómo vas así por tu profesión, por la Medicina?

- No te he dicho que no los admita, sino que algunos porqués me incomodan, porque no sé responderlos.

- ¿Y qué haces entonces con determinados temas vitales?

- Pues he aprendido a encontrarme con su respuesta yendo por el atajo de otras cuestiones.

- Ponme un ejemplo, que me pierdo.

- Fácil lo tengo. Mira, hace unos meses la vida me ha matriculado en una lección práctica de patología: la enfermedad en carne propia. Me ha tocado cursar esa asignatura que veo recorrer a diario a mis pacientes. Y ¿sabes?, desde el primer momento que supe la noticia de mi diagnóstico, no se me ocurrió preguntar el porqué. Durante estos meses tampoco me lo he cuestionado, aunque sí que me lo han preguntado otros. Nunca sabría responder por qué me ha pasado esto (en realidad, ¿y por qué no a mí?), ni a ninguno de los que han sido mis nuevos colegas este año pasado de quimio y radioterapia... pero sí te puedo decir que he visto continuos "paraqués". ¿Te interesa?

- No veo por dónde vas, pero cuéntame algo de eso.

- Te voy a resumir algunas cosas de las que yo he sido testigo directo gracias a este camino que he recorrido. He tenido a mi lado, y he sabido de forma muy directa, lo que valen las personas que aceptan mirar contigo y como tú al sufrimiento de cara, a los ojos, sin exagerarlo ni trivializarlo, sin autocompadecerse ni rehuirlo; y he aprendido que cuando verbalizas qué te hace sufrir, no quieres de tu interlocutor una verborrea que llene de cualquier manera el encuentro, sino que su silencio respetuoso es muchas veces la mejor caricia que te puede ofrecer; y consuela de verdad ese silencio, "producto final" de una densidad de presencia inigualable. Con la enfermedad caen los efectos, todo pasan a ocuparlo los afectos; y si los hay, la experiencia es dura, pero no amarga. Y he sabido del descanso en una mirada que no esquiva la tuya angustiada o entristecida. Y he palpado a diario que la mayor riqueza, la mejor dotación con la que cuentas al emprender el camino es tu familia; es rico quien tiene un hermano, pero es más rico quien tiene dos, y aún increíblemente más rico quien tiene 3, como yo. Y he sido testigo directo del inmenso poder de consuelo y de alivio del dolor que tiene mi profesión sanitaria, ejercida con normalidad, esto es, con competencia, con interés por el enfermo, ... Y he podido comprobar también cuánto de humano tiene, ¿por qué no decirlo?, nuestro sistema de Seguridad Social, que reconoce a sus miembros enfermos el derecho a verse descargados laboralmente durante ese tiempo dedicado a su curación, y ...

- Oye, déjalo, que ya me llevo material para darle un poco al coco. Mañana, si quieres, más; por hoy ya me basta.

- Sólo déjame añadirte que el sufrimiento, que nunca es un invitado a nuestra fiesta, cuando te visita, puedes no saber el porqué, pero te aconsejo que no pierdas la oportunidad de oro de saber sus paraqué. Ése es el poso positivo que deja. Y que me quiten lo bailao.

Dra. Africa Sendino Revuelta
Doctora en Medicina por la Universidad Autónoma de Madrid.
Médico internista en el Hospital "La Paz".
Profesora de Patología Médica en la Escuela Universitaria de Enfermería Salus Infirmorum.