Es de Trieste, ciudad italiana de frontera. Cuando Tito se anexionó tierras italianas al nuevo estado yugoslavo, cerca de 300.000 italianos abandonaron sus tierras y sus casas para errar por el mundo y vivir en campos de refugiados. Por aquel entonces, el Magris niño comprobó en sus carnes la unidad entre los italianos y los eslavos, "aquello era un mundo mixto, no sólo italiano y no sólo eslavo, sino italiano y eslavo". Entendió la unidad del genero humano en un punto que supera la marca del origen idiomático o cultural. Por eso, no es un encantador de serpientes, un prestidigitador de las palabras, tiene demasiado respeto por el hombre como para venderle con sofismas a las puertas de un mercado.
Magris dice que en el corazón del hombre hay leyes no escritas que son su distintivo, su verdad más honda. No es partidario de esa oscura definición del hombre que lanzó Nietz
sche, "una anarquía de átomos", ni se cree la falta de fe en el hombre de la que hablaba Musil en El hombre sin atributos: "una mera agregación de pulsiones", sino en el espíritu de Ulises en La Odisea: el contacto con otras culturas, con otros hombres le sirve al hombre a encontrarse con una identidad más profunda, común con los otros, ese patrimonio del que hablaba Chesterton en su Ortodoxia, "quizá parezca entretenido, o quizá no lo parezca, el relato de cómo encontré en un club anarquista o en un templo babilónico lo mismo que pude haber encontrado en la parroquia vecina de mi barrio". Y ese solar común al género humano no lo descubren los intelectuales, esos presuntos líderes del mundo que van descubriendo con su linterna las oscuridades impenetrables. No, porque la verdad sobre el hombre, no proviene de los dictados de una humanidad ilustrada y racionalista sino de cualquier hijo de vecino cuyo sentido común le habla de su ansia de trascendencia, de sus "hambres" de infinita comprensión y amor sin fronteras, y de la necesidad de una permanente defensa de la dignidad humana. Así, algunos de los mayores autores del siglo han vitoreado a las tiranías más crueles, desde el nazismo al estalinismo, como Pirandello y su telegrama de solidaridad a Mussolini o Knut Hamsun y su adhesión al nazismo, "no podemos evidentemente considerarlos más abiertos e iluminados que los millones de personas sin renombre ni genio poético que demostraron, en aquella ocasión, mucha más inteligencia y humanidad". Por eso, Magris quiere salvar al hombre de la alienación (utilizando un término ya en desuso), evitando que pueda reemplazar el sistema de valores con el que viene al mundo por ficticios y míseros simulacros, con ídolos psicológicos, ideológicos o sentimentales. Magris no cree en esa secesión cultural que proviene del multiculturalismo, definido por el politólogo italiano Sartori como la yuxtaposición de culturas, unas al lado de otras pero sin tocarse, sin apenas mirarse (Sartori alude explicitamente a la comunidad negra de los Estados Unidos que está frenando casi por completo su integración y se está convirtiendo en un subgrupo reivindicativo que reafirma su orgullo, sus raíces, etc.) Por el contrario, el escritor de Trieste cree que los nuevos tiempos son ocasión de llegar a esa identidad más profunda, esa colección de mandamientos o leyes universales que superan lo tribal-nacional. "No nos podemos sustraer a la responsabilidad de optar por los valores universales y comportarnos en consecuencia; si se renuncia a esta asunción de responsabilidad, en nombre de un relativismo cultural que pone cualquier actitud en el mismo plano que cualquier otra, se traicionan las leyes escritas en el corazón y nos hacemos cómplices de la barbarie".