Número 27, diciembre 2001

LA AUTÉNTICA LIMITACIÓN
DEL SER HUMANO

Hay en el mundo cerca de mil seiscientos millones de cristianos y más de mil millones de musulmanes. Esta realidad, testaruda por su objetividad, va más allá de una mera teoría acerca del fundamentalismo religioso y de lo que supone llevar la práctica religiosa hasta sus últimas consecuencias, es decir, hasta el fanatismo de un terrorismo internacional organizado.

También ha habido quien ha extrapolado una problemática al ámbito mayor de la práctica religiosa en general, y del cristianismo en particular. Algunos columnistas de periódicos de gran tirada se han atrevido a afirmar que la moral católica puede llevarnos a semejantes extremos en donde la muerte de seres humanos en masa, en nombre de una "guerra santa", quede más que justificada.

Pero, ¿qué se esconde en realidad detrás de estos alarmismos? Hoy día está de moda hablar de todo aquello que esclaviza al hombre y resulte intolerante…. Nos ponemos a la defensiva ante cualquier fundamentalismo que pueda herir el ejercicio de nuestras libertades. Apelamos a los derechos humanos, e incluso somos capaces de enarbolar la bandera de la "justicia infinita", pero por otro lado se descuida, intencionadamente, un compromiso real a favor de la dignidad humana. ¿Quién es juez, y quién es parte a la hora de establecer etiquetas, donde poner a un lado las ovejas y al otro a los cabritos? El mal ha quedado reducido (¡y ya es hora de que seamos sinceros!) a todo lo que vaya contra nuestro estado de bienestar.

El Islam me merece tanto respeto como cualquier otra religión o creencia que actúa con rectitud de conciencia, y lo único que puede establecerse como criterio de discernimiento acerca de lo bueno y de lo malo, no es precisamente un consenso parlamentario o una ley coyuntural, sino aquello que realmente trasciende al hombre por su carácter de imperecedero (es decir, a pesar de que el hombre quiera constituirse como ombilicus mundi). Creo que la clave de la cuestión se encuentra en que el hombre y la sociedad de hoy no acepta su auténtica limitación, y persiste el error de los siglos: imponer lo aparente y contingente como criterio de bien absoluto.

Para muchos musulmanes el Islam es la primera referencia, para "muchos" budistas encontrar la paz interior, para "muchos" cristianos identificarse con Cristo…pero, ¿cuál es el referente a todos? Como no creo en el sincretismo religioso, vuelvo a apelar a la libertad de conciencia. Con ello no estoy evadiéndome del problema, todo lo contrario, sino que hablo del poder querer el bien (existente en todo ser humano, y no como mera virtualidad), que es lo que se encuentra en la raíz de la verdadera libertad.

Pecando ahora de reduccionista, emplearé la palabra mágica: manipulación. Si sólo somos capaces de hacer caso a los titulares de los periódicos, o a emplear la indiferencia ante las constantes violaciones de la dignidad humana (aborto, eutanasia, destrucción de la familia, etc.), seremos entonces prisioneros de una gigantesca manipulación… porque el drama del siglo XXI no empezó el once de septiembre del año dos mil uno, sino hace cuantos miles de años cuando alguien se pregunto: ¿y si yo fuera como Dios?

Juan Pedro Ortuño
(jpom@planalfa.es)