Si existe una característica de la sociedad en que vivimos que consigue abrumarme día tras día, sin duda, es su en apariencia inagotable capacidad para negar la realidad. No me estoy refiriendo únicamente a los analistas políticos que no se han enterado de que el Muro de Berlín ya cayó y de que, por tanto, sus esquemas políticos resultan ahora menos creíbles que nunca. Tampoco deseo detenerme en aquellos periodistas que se empeñan en que veamos el mundo de acuerdo al color del cristal que desean ponernos ante los ojos. No. En realidad, si tuviera que escoger un fenómeno de autoengaño y negación de la realidad por encima de todos me detendría en la manera tan estúpidamente absurda en que nos acercamos a algo tan humano como es el envejecimiento y la muerte. A decir verdad, teniendo en cuenta cómo damos rodeos y hablamos con eufemismos parecería que ninguno de estos aspectos va con nosotros. Hemos creado multitud de palabras sustitutivas para no referirnos al envejecimiento y así hablamos de la tercera edad o incluso de los panteras grises. En cuanto a la muerte, sencillamente no existe y a un paso estamos de inventar alguna expresión como la que utilizan los norteamericanos para decir que alguien falleció empleando simplemente el término se fue. Sin embargo, bien mirado, qué tremendamente patético es este fenómeno de negación de la condición humana. He visto docenas de mujeres operadas para dar la sensación de ser más jóvenes. Recuerdo incluso dos o tres que teniendo los cincuenta años parecían cincuentonas bien conservadas pero no hago memoria de un solo caso en el que una cuarentona aparente estar en la veintena. Sí me vienen a la cabeza un buen número de horrores creados por el bisturí de algún cirujano no tan perito como cabría desear. Por lo que se refiere a la moda ferozmente antiestética de llegar a los setenta vistiendo como si de quinceañeros se tratase prefiero no hablar porque temo incurrir en un pecado contra la caridad. Ninguna de esas conductas, por mucho que nos inspiren risa o lástima, pueden negar la realidad, esa realidad que nos dice que día a día envejecemos y que más tarde o más temprano todos vamos a morir. A pesar de todo, no encuentro nada horrible en esa constatación. Creo, por el contrario, que constituye una señal horaria que nos avisa de que nuestro tiempo se va acabando y de que nuestra vida puede concluir teniendo sentido o habiendo sido un monumento al desperdicio existencial. No se me oculta la mucha heterodoxia que se encuentra agazapada en las páginas de Unamuno pero el filósofo vasco tenía razón -harta razón- al señalar que esta vida carece de sentido salvo que tras ella nos encontremos con una recuperación de nuestro ser como la que anuncia el Nuevo Testamento al hablar de la resurrección de Cristo y de la nuestra. Bien debía saberlo él que incluso profesó en una época los dogmas del socialismo marxista. Nuestra vida tiene sentido si la orientamos al más allá que, nos guste o no, tendremos que afrontar algún día. De lo contrario no pasa de ser una breve y dolorosa mueca en el devenir de una especie llena de contradicciones. Esa realidad es la que nos señala cada arruga, cada cana, cada calvicie o cada nuevo achaque pero no deberíamos apenarnos. Tendríamos que dar gracias a Dios por ellos y porque indican que el camino para reunirnos gozosamente con Él se va abreviando y que nosotros, como diría Pablo de Tarso, no somos como los que en este mundo carecen de esperanza.