Número 27, diciembre 2001


DANTE ES MUCHO DANTE

En una colección de artículos titulada La rabia y el orgullo, la periodista italiana Oriana Fallaci dejó caer una serie de ideas a propósito de la preponderancia de la cultura occidental frente al oriente islamizado. Sus ataques fueron furibundos. Ella misma proponía una respuesta de cruzada frente a la yihad terrorista de Bin Laden. "No queréis entender - comentaba a sus lectores - que estamos ante una guerra de religión. Una guerra que persigue la conquista de nuestra libertad y de nuestra civilización. Si no luchamos, se destruirá nuestra cultura, nuestro arte, nuestra ciencia, nuestra moral, nuestros valores y nuestros placeres". Posteriormente, uno de nuestros mejores especialistas de la cultura oriental, Juan Goytisolo, publicó en El País un artículo de réplica ante el escándalo que le había producido la lectura de las páginas de la Fallaci. En él expresaba, atinadamente, que el fundamentalismo no proviene de lejos, sino que también en nuestra cultura occidental hay una abrumadora carga de goma-dos capaz de atentar contra elementos comunes a cualquier civilización (como es la defensa de la dignidad humana), y hacía alusión a la tecnociencia y a esa caja de Pandora abierta por las investigaciones biológicas al servicio de las industrias farmacéuticas y armamentistas. Es decir, que en nuestra propia civilización llevamos los parásitos capaces de anidar en esas raíces comunes a todo ser humano.

En otro momento de su artículo, Goytisolo recordaba las palabras de la escritora italiana cuando informaba a sus lectores de que Dante Alighieri le gustaba más que Omar Jayam, el famoso poeta oriental, y dejaba entrever que Dante era muy superior al persa. Evidentemente, el agravio hacia el escritor del Islam tocó las narices al español (ya que Goytisolo conoce sus escritos al dedillo), y se aprestó a defenderlo frente al florentino. "Dante - decía - expresaba las creencias de un mundo teocrático, y la visión escatológica de la Divina Comedia nos muestra a un Dios cruel y despiadado, en cuyo infierno la "turba atormentada" de los indiferentes, no bautizados, lujuriosos, glotones, impíos, herejes, sodomitas, ateos, etc., sufre eternamente en los abismos del fuego y los hervideros de la pez, engarfiada y alanceada sin tregua por una caterva de demonios en medio de llantos y alaridos". Y entonces, incorporaba fragmentos del Rubayat, el escrito más famoso de Jayam. Unos versos en los que está presente el escepticismo y materialismo paganos y el epicureísmo de Lucrecio. "Bebamos, amor, bebamos: todo al olvido invita. / Yo que medito siempre, solamente en dos días / no he querido pensar ni jamás he pensado: / el que está por venir y aquel que ya ha pasado. Entrégate al placer, oh mortal, sin recelos: / nadería es el mundo y nadería la vida / y nadería esa bóveda hecha de nueve cielos. / Amar y beber es cierto, ¡y lo demás mentira! En medersas e iglesias, buscando la verdad, / hablé con jeques, santos, filósofos y sabios, / escuché las sentencias surgidas de sus labios / y salí por la puerta que utilicé al entrar".

La verdad es que la comparación de cualquiera de los cantos de la Divina Comedia con estos versos de Jayam invita a una defensa a ultranza de Dante, pero no por ser nuestro chico, el cultivado en esa tradición judeocristiana que nos pilla más cerca, el ilustrado en una esmerada educación humanística occidental, ¡qué va!, sino porque en sus páginas hay más verdad sobre el ser humano. El Dios de Dante no es el que nos describe Goytisolo, sino el que da la posibilidad al hombre de ser responsable de sus actos, cada cosa que realiza es susceptible de verdad o maldad moral y sólo él, por el uso de su voluntad, es capaz de hacerse mejor persona. El Dios de Jayam es un numen caprichoso a quien el hombre importa poco, ya goce, ya sufra, ya escoja el vino, ya escoja la adarga... El hombre de Dante es un ser que se siente libre, soberano, porque sabe que, aunque dependa en último término de Dios, Él nunca va a forzar una intervención para suplantarlo, ya que le ha regalado la capacidad de optar. El hombre de Jayam ha renunciado a preguntarse por la verdad y se confina en un conformismo de todo a 100 (amar, beber, los placeres de la vida...)

De ahí que las opiniones de la Fallaci sean un tanto superficiales, ya que el florentino no es bueno por nuestro, sino porque define al hombre de una forma más exigente y lo sitúa frente a las cuestiones primordiales (Dios, el destino, la muerte, el bien y el mal). La respuesta de Goytisolo también es coja porque elige unos versos que minimizan el rostro del ser humano. Y que quede claro, esto no es conflicto de civilizaciones.