Número 27, diciembre 2001

Parece ser que en tiempos remotos, Santa Claus tenía el traje verde bosque y se transformó en rojo por una estrategia publicitaria de Coca-Cola.
Es posible que se trate de una leyenda urbana como tantas otras, pero el caso es que el color rojo forma parte de nuestros iconos navideños como el árbol, el belén, las bombillas en las calles o ¡Qué bello es vivir!, formando parte de la parrilla de programación de cualquier cadena de televisión.

Durante toda su carrera, Frank Capra, luchó contra la rígida estructura de Hollywood para conseguir una independencia creativa que le permitiera contar las historias en las que él creía. Aún así, le resultaría imposible imaginar que su ¡Qué bello es vivir! llegara a convertirse en todo un símbolo para las Navidades de medio mundo.

La agilidad narrativa de la historia es por sí sola toda una lección de cine, la estructura basada en un gran flash-back, de algo que no ha sucedido, sino que podría haber sido es un prodigio tanto de guión como de dirección. La construcción de personajes roza la perfección. No se limita a la difícil tarea de dotar a cada uno de ellos de un pasado propio, sino que disecciona en dos la condición de ser humano para mostrar su otro lado. No son mejores ni peores, son simplemente distintos al fabricar para ellos un efecto mariposa mostrando lo que habría sucedido si George Bailey no hubiera nacido. Para Capra todos somos una pieza indispensable en la vida de los demás, no se puede prescindir de ninguna de ellas si no queremos alterar nuestro pasado, presente y futuro.

Sólo una dirección llena de talento podía dotar de sencillez un argumento a priori tan complejo. Para ello, Capra se apoya en sus actores habituales, manteniéndose fiel a un reparto que sabe corresponderle sacando lo mejor de sí mismo. Como ejemplo de esa mutua fidelidad basta recordar que Capra adaptó una silla de ruedas en el papel del banquero Sr. Potter para que lo pudiera interpretar su amigo Lionel Barrymore que, por aquel entonces, ya estaba paralítico debido a una enfermedad degenerativa provocada por el alcohol.

James Stewart está prodigioso como George Bailey, en un papel cargado de cambios de registro. Incluso la insípida Donna Reed concede una réplica perfecta en la película que mejor simboliza el llamado espíritu navideño y que sin duda es por derecho propio una de las grandes obras maestras de la historia del cine. Plagada de ingenio, humor, generosidad y sobre todo una fantasía que cautiva de principio a fin.

Como cada Navidad, el regalo de la tele es ¡Qué bello es vivir! Imprescindible.