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George Steiner el candor de la inteligencia La concesión del premio Príncipe de Asturias a este filólogo que declara seguir aprendiendo vuelve a situarlo en vanguardia del mundo cultural. En los últimos meses se han reeditado varias de sus obras que, lejos de aparecer en los anaqueles para eruditos, han hecho montón entre los más vendidos. Sus méritos eran sabidos y hoy gracias al galardón puede llegar a más lectores. Mi deseo es que sus brillantes, agudos y perspicaces estudios se mantengan si no en las primeras portadas de los periódicos, todos conocemos la voracidad de la prensa diaria, sí en la memoria de los lectores, que no hay mejor lugar de residencia para una escritor. Y así el discípulo se hace maestro. El pasado 26 de octubre George Steiner hacía entrada en el Teatro Campoamor de Oviedo para recibir el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Lo hacía del brazo de Doris Lessing, que lo recibía de las Letras Su aspecto, al recoger el Príncipe de Asdturias, era como siempre, desaliñado, yo diría que iba hasta un poco despeinado, con una corbata extrañamente mal puesta, una carpeta entreabierta y esa media sonrisa entre inocente, candorosa y agradecida tan inusual en los reconocidos y prestigiosos hombres de la cultura. Su apariencia no distaba mucho de aquella que debía ofrecer cuando llegó a la Universidad de Chicago. En Errata. El examen de una vida (Madrid, Siruela, 1998) describe el efecto que produjo su figura en un exparacaídista con el que compartía habitación: "Me miró con absoluta incredulidad. Nunca había visto a un ser tan evidentemente mimado, protegido, convencionalmente vestido y cargado de libros como yo". Nada parece haber cambiado de la apariencia de George Steiner, como tampoco de su candor, porque en la misma página de Errata, describe: "Más tarde, sin embargo me enseñó algo que yo jamás sería capaz de conseguir, aunque lo intentase durante un millón de años. Alfie se puso en cuclillas, extendió los brazos hacia delante los tensó y se subió de un salto a la litera No cabe duda que esta inteligencia llena de candor nace de una postura sencilla. Hoy ya parece raro, casi fuera de lugar, oír decir a un intelectual de moda que la fuerza de su saber está en lo que ha aprendido con sus maestros, las raíces de esta pretendida autonomía del conocimiento tienen más de tres siglos. Pues bien esta rareza es, probablemente lo más fascinante de Steiner. Hay estudios del autor, realmente admirables. Su libro sobre Antígona (Antígonas. La travesía de un mito universal por la historia de Occidente, Barcelona, Gedisa, 1986) es un hito de la literatura comparada, parangonable al del también judío Auerbach con su genial obra Mimesis. La representación de la realidad en la literatura occidental (México, Fondo de Cultura económica, 1950). La tesis de por qué no es posible hablar verdaderamente de tragedia en nuestra cultura - La muerte de la tragedia - está lleno de provocaciones y preciosas sugerencias. En definitiva, todos y cada uno de sus escritos están traspasados por un amor valiente y sincero hacia las expresiones artísticas de nuestra cultura. Un amor que él llama apasionado y ardiente (No passion spent es el título de uno de sus libros que se ha traducido por Pasión intacta, Madrid, Siruela, 1996). Su sinceridad radica en la libertad de sus juicios, no sigue los dictados de la moda, aunque ésta se vista con los ropajes de la erudición más compleja o del razonamiento más oscuro; su valentía consiste en recuperar y defender el placer y la satisfacción de la lectura.
El primer maestro fue su padre pero después, muchos otros: "he tenido suerte con mis maestros. Lograron persuadirme de que, en la mejor de sus formas, la relación maestro-alumno es una alegoría del amor desinteresado". El recorrido que hace por la lista de sus profesores no tiene nada de romántico o idealista; todos ellos son caracterizados en sus manías, con sus caracteres complejos, con sus particularidades y defendidos en muchos casos por un muro de complejidades y sin embargo de todos ellos aprendió, a todos ellos se siente agradecido. De Jean Boorsch aprendió el magnetismo de la filología, las irregularidades de la gramática y el orden de la sintaxis, como también aprendió que la técnica de la lengua es posibilidad de interpretación. Con Ernest Sirluck el rigor, la seriedad y el escrúpulo aplicado a la obra de Milton. Steiner, recuerda la humillación que tuvo que padecer por sus correcciones, cosa que no oscureció, sin embargo, sus enseñanzas. De Richard McKeon aprendió la capacidad para entender la Ética a Nicómaco no sólo en su interpretación neotomista sino haciendo cuentas con la política de la historia de Occidente. Con el sureño, Allan Tate, formador de una larga escuela de New Criticism, aprendió el valor de la imitación que "entraña comprensión a fondo". Con Donald McKinnon la intuición de lo trágico. Al francés Pierre Boutang lo describe como un extraordinario sabio, algo trasnochado la lista es larga hasta llegar a esos cuatro alumnos que se convirtieron en maestros y de los que no da más que las iniciales, ¿cabe mayor modestia? Lógicamente la confianza que George Steiner tiene en la universidad se centra en este núcleo generador de relaciones libres entre profesores y alumnos. En la universidad de Chicago despertó su vocación, primero el ansia de conocimiento, la curiosidad insaciable: "Corrí a la biblioteca. Esa noche intenté hincarle el diente al primer párrafo de Ser y tiempo. Era incapaz de entender incluso la frase más breve y aparentemente directa. Pero el torbellino ya había comenzado a girar; el presentimiento radical de un mundo nuevo para mí. Prometí intentarlo una vez más. Y otra. Esa es la cuestión. Llamar la atención de un estudiante hacia aquello que, en un principio, sobrepasa su entendimiento, pero cuya estatura le obligan a persistir en el intento". Este comienzo y deseo de conocer lo que le presentaron sus profesores se hizo evidente desde el momento en que él mismo, siendo muy joven, se convirtió en maestro de la belleza de una experiencia literaria: "Poco después un grupo acudió a mi habitación. Se instalaron en las literas y en el suelo ¿Podía serles útil con Los muertos, el relato de Joyce? (...) Pero se había hecho muy tarde y el ambiente de la habitación estaba muy cargado. Intenté evitar lágrimas absurdas. Hasta que las vi en uno de aquellos rostros sin afeitar. Entonces supe que podía conducir a otros hasta las fuentes del significado. Fue un descubrimiento fatal. Desde esa noche, las sirenas de la enseñnza y de la interpretación no han cesado de cantar para mí". De este amor por la Universidad no desprecia nada - el ensamble de todas las piezas de la institución, la política académica, la planificación de los estudios y las leyes que lo regulan, etc. - pero a condición de que todo repose en el cuerpo a cuerpo entre profesor y alumnos: "El gran maestro está enredado, incluso corporalmente, en el proceso comunicativo y ejemplificador (...) Una universidad digna es sencillamente aquella que propicia el contacto personal del estudiante con el aura y la amenaza de lo sobresaliente. Estrictamente hablando, esto es cuestión de proximidad, de ver y de escuchar... El académico, el profesor, deberían ser perf En la Universidad todo debe estar en función de este virus que pueda ser contagioso, el virus de que la pasión por la verdad de los profesores pueda llegar a infectar a los alumnos, todo lo demás debe estar a su servicio: "Una vez que un hombre o una mujer jóvenes son expuestos al virus de lo absoluto, una vez que ven, oyen, "huelen" la fiebre en quienes persiguen la verdad desinteresada, algo de su resplandor permanecerá en ellos. Para el resto de sus vidas y a lo largo de sus trayectorias profesionales, acaso absolutamente normales o mediocres, estos hombres y estas mujeres estarán equipados con una suerte de salvavidas contra el vacío". Este virus es el que contagia el profesor Steiner, el del que candorosamente se deja tocar por la verdad. Y ésa es la inteligencia. Un virus que como una marca de nacimiento no decrece con la edad y no se detiene en la búsqueda porque el perfume de lo real, sobre el que anda George Steiner, lleva su fuerza de arrastre hasta la pregunta por el Misterio, lo hace en uno de sus últimos ensayos, Nostalgia del Absoluto, y lo hace de nuevo en su última obra, recién publicada, Gramáticas de la creación, cuya última frase propone al menos la pregunta debida ante la creación: "Hemos sido durante mucho tiempo, y creo que lo somos aún, los huéspedes de la creación. Debemos a nuestro anfitrión la cortesía de la pregunta". Guadalupe Arbona Abascal |