|
Hacer dinero fácil parece ser la máxima de nuestro tiempo. Influidas por normas de conducta aprendidas en innumerables producciones cinematográficas o en las numerosas publicaciones periódicas que exaltan el estilo de vida de los famosos, muchas personas aspiran a vivir la misma vida de los héroes del papel couché o del celuloide
Dan por sentado que en el mundo de las distintas ingenierías financieras cualquier concesión al franciscanismo sería el mejor argumento para que el contrario triunfase en su propio detrimento. Esta presunta dicotomía entre ética y negocios, siempre me ha hecho recordar un delicioso relato de Mark Twain, titulado El cuento del vendedor ambulante. Con su habitual ironía, con ese humor fino que le caracteriza, el autor norteamericano describe en esta fábula la historia de un magnate que, después de haber satisfecho su pasión coleccionista de objetos normales, sin saber ya muy bien en qué invertir, gasta su fortuna en la rareza de coleccionar ecos. "Su primera compra", dice Twain, "fue un eco de Georgia que se repetía cuatro veces; la siguiente un eco de seis de Maryland, y después adquirió un eco de trece repeticiones en el Maine...". ?La parodia de ese afán por hacer negocio incluso con algo tan virtual como el eco, alcanza su clímax cuando Twain narra que con el paso del tiempo "se descubrió un eco divino, conocido desde entonces en el mundo entero con el nombre de Gran Kohinoor o Montaña de Repeticiones. Se trataba de una gema de sesenta y cinco quilates. Se pronunciaba una palabra y esta le respondía a uno durante quince minutos, cuando el día era tranquilo. Pero al mismo tiempo, apareció otra circunstancia: otro coleccionista de ecos. Ambos se dieron prisa en hacer la inestimable compra". La historia de Mark Twain, sutil observador de las costumbres de su tiempo, se adentra luego en la descripción de la pugna de ambos antagonistas, dueños cada uno de ellos de cada una de las dos colinas que generaban el eco. "Ninguno de los compradores estaba satisfecho de su eco divino, pero ninguno de ellos quiso venderle al otro", añade el novelista. Leyendo estas deliciosas páginas, que se sustancian en un jugoso veredicto judicial, me vienen a la mente muchas situaciones que se plantean en el ámbito de las finanzas: el deseo de poseer bienes distintos y diferentes de los que otros poseen, que en la actualidad va muy ligado al fenómeno de la nueva economía; el ansia por impedir que otros adquieran lo que ya atesora uno, realidad muy cercana a lo que ahora se denomina situación de predominio; o esa pretensión por controlar al potencial competidor a través del lanzamiento de opas hostiles, movidas en el proceloso mar de la información privilegiada. Como en el relato de Twain, son muchos los que hoy en día prefieren comprar el eco antes que la voz, invertir exclusivamente en bienes virtuales antes que en medios de producción tradicionales, obviando cualquier criterio ético, como si la economía real y la economía financiera fuesen compartimentos estancos o absolutamente aislados. El glamour de este mundo de los negocios, de la especulación bursátil, del juego con mercados de futuro, del manejo de depósitos de alto rendimiento en intereses, de la optimización del ahorro o, incluso, de la tentación de operar con opacas cuentas en los llamados paraísos fiscales, presenta el riesgo de eclipsar la voz de la economía real y productiva, mininizada por el fuerte eco de la economía financiera. Pero esta es una visión equívoca y equivocada. Conviene decir que debe haber una total complementariedad de estas dos esferas económicas, unidas en el fin último de la mejora del cuerpo social al que han de servir, sin desenfoques unilaterales que perjudiquen a una en beneficio de la otra. Esta simbiosis es fácil de entender si pensamos, por ejemplo, en el hecho de que las inversiones que se efectúan para mejorar las infraestructuras de un tejido productivo, sólo son posibles si previamente existe un capital financiero excedente que permita esta dedicación. Dicho de otra forma: las carreteras o los parques empresariales que van a facilitar la circulación de mercancías o a favorecer el dinamismo de un territorio concreto, únicamente se financiarán con la aportación de quienes tengan el dinero como bien que ofertar a la sociedad. |