Número 27, diciembre 2001

Aunque aún falten unos días para que comiencen las Navidades, las Navidades ya han empezado. No puedo evitar mirar de reojo, la carrera será larga, y cada año lo es más. Llegaremos a febrero casi sin aliento, con el corazón acelerado, resoplando, con la cartera vacía y la tarjeta seca. Pero eso es lo de menos, debes considerarte afortunado si logras sobrevivir a las fiestas, que hace tiempo dejaron de serlo, y perdieron su sentido originario para dar paso a una frenética estampida en busca de nosequé en nosedónde.

El alcalde enciende las luces navideñas en Carmen y Preciados, que más bien parecen la Feria de Abril, y ya está abierta la temporada de caza. Hay licencia para todo.

Aún no ha llegado el puente de la Constitución y la tele ya bombardea con anuncios de "en estas Navidades..."

En el trabajo, la cosa se empieza a relajar, los empleados se envían e-mails de una mesa a otra, no más alejadas de dos metros, convocando comidas fraternales con menús de 5.000, que cualquier otro día son de 1.100, pan, vino, postre o café, IVA incluido.

Este año puede ser a base de carne, las vacas locas ya pasaron de moda y el telediario entretiene al personal, a falta de fútbol, con talibanes, afganos, cartas con ántrax y llegadas de euro.

Y en un plis-plas te presentas a mediados con la cesta de la empresa llena de botellas, una caja de polvorones y dos tabletas de turrón. Duro y blando. Yo no bebo alcohol, el turrón no me gusta, así que me veo tragando polvorones, menos mal que en la caja, aunque sea enorme, sólo vienen seis.

Ya estamos a mitad de camino y aún no hemos empezado.

Decides que lo mejor es comprar los regalos antes de que sea demasiado tarde. Te plantas en la puerta de la Fnac y resulta que ya es demasiado tarde. Todo el mundo ha pensado como tú, y las colas son tan largas que no puedes esperar porque a las dos ya tienes la primera comida navideña con los de la facultad, a los que no ves desde la comida navideña del año pasado. Quieres llevar un detalle, te quedas mirando como bobo unos muñequitos de cartón que bailan al ritmo de un cassette apoyados en una pared del cine Callao. Madre mía a dónde hemos llegado. En el último momento te acuerdas de las botellas de cava peleón que tiene tu cesta y no sabías que hacer con ellas. ¡Salvado!

Pasan los días e intentas llevar un ritmo de vida normal. Ingenuo. Me presento en el café donde escribo habitualmente esperando encontrar un remanso de paz sobre mi mesa de mármol. No es posible. Los negociados 2º y 3º de la 4ª planta del Ministerio de Trabajo al completo han decidido tomarse el día libre y 178 mojitos entre todos... ande, ande, ande, la marimorena...

Un matrimonio francés que está a mi espalda comenta lo divertido que es Madrid en estas fiestas y que no les extraña que Napoleón se largara de aquí sin tomar ni un café. Ni a mí. Me marcho, jamas alcanzaré la barra. Llego a Gran Vía, que es como estar en Las Vegas una noche de boxeo, renuncio una vez más a los regalos de Papá Noel, aún me quedan Reyes.

La semana hasta Nochevieja parece una resaca generalizada. El mundo entero se pone de acuerdo para venir al centro de Madrid. En coche, por supuesto.

Los conos naranjas que el Ayuntamiento ha colocado para mejorar el tráfico se desparraman entre vendedores de CDs piratas, - que son los únicos que velan por la inflación bajando los precios a 500 - y puestos de castañas a seiscientas la media docena. No sé qué es peor.

Para la Nochevieja tienes dos opciones, pagar 12.000 por una fiesta con aforo limitado a todo el que quiera entrar, atasco hasta las cuatro para llegar al restaurante chino convertido en improvisado garito con paredes forradas de plástico para que nadie las vomite después de los churros que te dejan el estomago al bies para todo el día, o quedarte en casa a ver a José Luis Moreno. Lo segundo es más práctico, siempre puedes dormir.

El día uno es un oasis. Madrid parece una ciudad fantasma después de una guerra. Pero eso es sólo un espejismo, del 2 al 5 la vida se resume en una sola palabra: comprar. Comprar lo que sea, pero comprar.

Se pierden hasta las formas, no se respeta a nada ni a nadie. Alguien te pone mala cara por llevarte el último rollo de papel para envolver con estrellitas azules, a ti te dan igual las estrellitas, sólo quieres salir de allí, pero alguien te pisa y tú pides perdón. Te empujan hasta la caja. Buenas tardes señorita. ¿En efectivo o con tarjeta? Y yo qué sé. He dicho buenas tardes y como quien oye llover. Nos hemos vuelto todos locos, Madrid no es así, de verdad que no, es más elegante, más educada.

Sales a Sol y te pilla la cabalgata. No es posible. Sí lo es. Cuatro horas para llegar a casa y vivo a diez minutos. Fin de las Navidades. Mi habitación parece una perfumería. Ya los iré regalando.

Siempre digo lo mismo. Este año me voy al campo, y si no tengo regalos… ¡pues mejor!

  José Cabanach