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Cuando uno se acaba de tomar un cocidito madrileño está para pocas cosas. Pensar se vuelve un movimiento fatigoso y es mejor dejar que la tarde se escurra, envuelta en un sopor de fumata. No podemos entrar en el nuevo siglo con el entusiasmo de una tripa satisfecha, porque entonces nada apetecerá. Si algo podemos aportar los jóvenes para las nuevas cifras del tiempo (XXI), es la necesidad de la propuesta de algo verdadero, algo que tenga visos de durar. Quizá éste sea un primer paso suficiente, la propuesta de algo que permanezca, porque lo auténtico dura, lo auténtico no son las medias que se compran en un Todo a 100 y echan tomates a la segunda puesta, o un reloj de mercado chino que tiene las horas contadas, o los amores de sex shop que le dejan a uno los labios fríos. Pero una de las carencias de los nuevos tiempos está precisamente en que los intelectuales no proponen, critican, y hasta ahí. Magistrales y emocionantes fueron las palabras de Fernando Savater tras las concesión del premio Sajarov, sí señor, ¡basta ya de violencias subversivas que nos quitan el ánimo de expresarnos en libertad! Sin embargo, ¿qué hacemos en tiempo de paz? Esta es la cuestión. Todos tenemos claro que "la violencia es el linfoma de la convivencia" y que tenemos que ponerle coto, pero ¿cuál es la propuesta para cuando llega la paz? Porque no basta con no robar y no matar para encontrar la verdad sobre nosotros mismos. Muy bien, Castro es un violador de derechos y la escritora cubana Zoe Valdés le pone a caldo y le llama loco de la colina cuando puede, pero ¿qué necesita la persona cuando un dictador no le conculca sus derechos y puede vivir en paz?, ¿dónde se agarra para que su vida merezca la pena?
Echando un vistazo a la espalda del siglo que se fue, hemos visto muchas ideologías chamuscadas, partidas por la mitad, como se quedan los robles tras la mirada del rayo. Ninguna ha cuajado porque llevaba en sus genes la fatalidad de la muerte prematura (nazismo, comunismo, existencialismo). Y tras tanta ideología que no crece nos metemos en el nuevo siglo con un saco de críticas, pero sin propuestas. El escritor francés Michel Houellebecq, salvaje, despiadado, de infernal escritura y con más éxito que Fofó en los 70, se muestra expeditivo cuando afirma que el ser humano se precipita a corto plazo y en condiciones terribles a la catástrofe. Buá, con pensamientos así todo es ¡el horror!, como en Apocalipsis now de Coppola. "Las consecuencias lógicas del individualismo que padecemos - dice el escritor en El mundo como supermercado - son el crimen y la desdicha. La disolución progresiva, en el curso de los siglos, de las estructuras sociales y familiares, la tendencia creciente de los individuos a considerarse partículas aisladas, sometidas a la ley de los choques, todo impide que se pueda aplicar ninguna solución Mientras insistamos en una visión mecanicista e individualista del mundo, seguiremos muriendo. Hace cinco siglos que la idea del yo domina el mundo; ya es hora de tomar otro camino". Y llegado a este punto se nos queda mudo, ¿qué camino?, ¿qué camino? Hay muchos ideólogos que prefieren el camino cómodo de baldosas amarillas de la autoayuda, donde el individualismo se vuelve aún más feroz. De ahí libros como el de Más Platón y menos Prozac de Marinoff o el recientísimo de Spencer Johnson, ¿Quién se ha llevado mi queso? (nº1 en todas las librerías de nuestro país). Sobre la visión del hombre que se esconde detrás de este tipo de propuestas, la periodista Aurora Pimentel comenta que a falta de buenos razonamientos la gente se decide por un puñado de recetas prácticas a seguir. "El auge de la autoayuda - dice quizás refleja también la mentalidad de individuos cada vez más centrados en sí mismos que encuentran textos que les proponen bienestar o beneficio material, reconocimiento social, éxito profesional o afectivo, recetas infalibles para obtener un bienestar inmediato". Menudo futuro se nos avecina si las posibles propuestas gloriosas se quedan en buscar el mejor sitio del restaurante, y a codazos si se tercia. El retorno a dar salida a las propias satisfacciones siempre pasa la agónica factura de la soledad. Como en Until the end of the world de Wim Wenders, película en la que los protagonistas aparecían enloquecidos con la visualización de sus propios sueños nocturnos y gastaban las horas delante de sus ordenadores, encerrados, imposibilitados para salir de sus creaciones inconscientes. Si los partidarios de la reencarnación estuvieran en lo cierto, el mundo sería cada vez más perfecto, las sucesivas excelencias del ánima harían del hombre un bicho increíblemente abierto al otro, sin embargo con cada invierno del calendario nos venimos más hacia nuestro ombligo y con mirada segura, que es lo peor. ¿Qué proponer? Este pobrecito hablador invita a sus lectores a un reto para el nuevo siglo: coger la pala del enterrador y exhumar las cenizas de la poesía (¡?). Como suena. Hacer un recorrido por la historia de la poesía, porque la poesía habla, mejor, susurra aquello que el hombre busca. Las necesidades más verdaderas se esconden tras el rictus de los versos: una pasión desbordada por amar y ser amado, la imposibilidad de buscarnos la salvación por nuestra cuenta, la belleza y la admiración ante todo lo que existe, la responsabilidad de la libertad, la posibilidad de la elección... La poesía intenta recuperar esas percepciones inquietantes y las relaciona directamente con la filosofía y la metafísica (una metafísica que nada tiene que ver con la de Demócrito, "no hay nada más que átomos y vacío"). Una vez que aprendamos de este envés de la realidad estaremos preparados para tomar una opción sabia para el nuevo siglo. |