Número 17, noviembre 2000
José Luis Garci
el Cine
C.- Me parece que no eres nada partidario del nuevo cine danés, del Dogma 95, Lars von Trier, etc.

JLG.- Nada. Me parece falso, me parece mentira. Y dicen que no trabajan la luz. No es verdad. Hay gente que ha comparado a Trier con Dreyer, será porque los dos son de Dinamarca, si hay algo que esté en las antípodas de Dreyer es esa clase de películas. Si hay algo que esté en contraposición con Ordet es Rompiendo las olas, (Bailar en la oascuridad todavía no la he visto). Ordet es más Fresas Salvajes de Bergman.

C.- Anda, háblame de las clásicas.

JLG.- Perdición de Billy Wilder, o Centauros del desierto de John Ford están más allá de los géneros. Dreyer es como Las señoritas de Avignon de Picasso, algo que va a ser bueno siempre, porque me está hablando del fanatismo, del amor, de la inoportunidad del amor, de la belleza del amor, de los fundamentalismos, de las malas creencias religiosas, de la verdadera fe. Eso va a estar siempre. La gente siempre se va a emocionar cuando suene la marsellesa en Casablanca, al ver una historia de amor que no puede llegar a buen término pero que tú sabes que sería maravillosa, aparte de todo es una película llena de fe en el futuro, democrática en el genuino sentido de la palabra, de un héroe que está fuera de su país y se siente ciudadano del mundo. Cantando bajo la lluvia, ¿cómo se puede captar tan bien cuando una chica le dice a su chico "hasta mañana, no te mojes", "cómo que no te mojes, si luce el sol en California", y empieza a bailar... chapoteando. Eso es el cine. El paciente inglés está muy bien y se acerca a los clásicos. Yo te diría que Titanic es la película fin de siglo, porque es una historia de amor y, además, nos van a contar algo que es cierto, que ocurrió... Todo el planeta no puede estar equivocado cuando ha triunfado tanto. Esa es una película fin de siglo. Pero no el estilo Dogma, son películas de intelectuales equivocados, de esos que no saben quién es Griffith ni el neorrealismo italiano, ni la nueva ola francesa, todo esto de Dogma es un cuento comparado con aquello, que supuso toda una ruptura narrativa.

C.- ¿no hay un excesivo intelectualismo cuando uno dice: "yo voy al cine no a pasarlo bien sino a ver películas con contenido"?

JLG.- Ridículo. El cine es el arte del entretenimiento, lo más difícil del mundo es entretener, hacer una historia divertida, que conmueva. El cine de autor es fácil porque vale todo, a mí el mundo de las intenciones no me interesa, ¡a mí que me cuenten una historia! La vida de cada uno de nosotros no da ni para un corto, ¡no me cuente su vida que para eso tengo yo la mía! El arte de contar una historia es Hitchcock, Marnie la ladrona, Con la Muerte en los talones, Vértigo... ¡caramba, eso es contar una historia! El cine además es un arte industrial, es decir que no es como la pintura. Con tus pinturas y tu caballete tienes que demostrar que eres un genio, el cine, en cambio, depende de muchas cosas: del tiempo, del dinero... ¿Quieres hacer una película sobre los impresionistas franceses?, pues tienes que reconstruir Montmartre y eso cuesta dinero. Necesitas 40 o 50 personas por rodaje, y unos permisos. Los de producción te tienen que allanar el camino.

C.- Andrés Vicente Gómez trabaja para un grupo empresarial, ¿para quién trabaja Garci?

JLG.- Bueno, yo soy un independiente. Yo hago mis películas. Si tú trabajas para un grupo, harás las películas de su talante. Si tú no eres el productor de tus películas siempre estás en manos de que el producto final si no gusta se cambia.

C.- Desde Canción de cuna cambiaste...

JLG.- Por mi genética fluyen Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, si hubiera nacido en el Tíbert la habría ambientado allí. De todas formas, noto que una mano en el hombro me ayuda a terminar las películas. Es como algo que viene de una nebulosa a lo que tú llamarías Dios y yo llamo Misterio, que a lo mejor es lo mismo, Algo que no sé muy bien lo que es, que no sé si llegaré a entenderlo alguna vez. Es como si a veces te encontraras en tu vida con un trozo pequeñito de un puzzle, y que da la casualidad de que encaja con otra parte del puzzle, y de repente se te va y piensas que tenías algo claro... pero se te ha ido... He conocido muchos amigos curas, uno me dijo que se metía cura con la carrera ya terminada, y eso me interesa ¿por qué tú tienes fe y yo no? Y además, con fe uno es más feliz, ¿por qué tú tienes el don de la fe y yo no lo tengo? Para mí, el cine ha sido una religión, no tuve buenos profesores de religión. Este tema lo descubrí tarde gracias a algunos amigos. Yo cuando entro en una iglesia, como en San Patricio de Nueva York, noto algo acogedor: hay una nave, el olor del incienso... Por eso, nunca habrás visto una película mía donde se hable mal de la religión, una película hecha con mala leche, nunca. Y You’re the one podía ser la más dura, porque hago que un cura se emborrache, pero es un cura lleno de humanidad, un cura que empieza en un púlpito y acaba a la altura de un niño. Pero dice lo más hermoso de la película: "que no te confundan", da la lección más generosa de todos, que el chaval haga lo que quiera según su libertad, que nadie le manipule.

 


"BAILAR EN LA OSCURIDAD"...

    O PUES MÁS LO SERÁS TÚ

Oti Rodríguez Marchante

Ya he oído comentar a varias personas, algunas de ellas, además, merecedoras de todo mi respeto y admiración, que Bailar en la oscuridad, la última película de Lars von Trier, es una mierda, expresión poco apropiada pero inequívoca y que no se usa aquí como sustantivo sino como adjetivo. Incluso una de estas personas, gran cinéfilo y conocedor, se anima más y repite sin cesar que es la peor película de los últimos veinte años. Esto, claro, me desconcierta: he visto varias veces Bailar en la oscuridad y todas ellas me ha parecido una obra de arte, una película de fabulosa intensidad y precisión, que se instala en zonas de la naturaleza humana no exploradas por el hombre, que toca cielos e infiernos y que ejerce sobre mí un asombroso efecto físico comparable al que logra uno de esos cocidos completos y bien servidos: sudores, hastío, falta de oxígeno, una punta de depresión y un desajuste de niveles y emociones; o sea, colesteroles y disgustos.

No siento una simpatía especial por Lars von Trier; es más, sus innumerables manías de tío "moderno" me hacen sospechar que en el fondo es un tonto del "cool", pero no me queda más remedio que reconocerle su magisterio: Rompiendo las olas y Bailar en la oscuridad son dos reflexiones abrumadoras sobre el sacrificio, una palabra tan fuera de uso en la vida actual como dar saltitos por el salón con peluca canosa y calzón prieto mientras suenan las notas de un clavicordio. Dos mujeres que renuncian a su hueco en la vida a cambio del bienestar de quien aman, el marido en el caso de Rompiendo las olas y el hijo en el de Bailar en la oscuridad. Una renuncia total y sin la menor hilacha de duda en zambullirse al sacrificio.

En esta última, además de salar la tragedia naïf con un desenlace que (contradicción) se te anuda al cuello como un chiquillo aterrado, le espolvorea la pimienta de unos números musicales también naïf y no menos insólitos y genuinos y tenebrosos y tristísimos y...

Y claro, luego llega uno y te suelta eso de que es la peor película de los últimos veinte años. O sea, que, más o menos, te llama imbécil. Y aquí es donde toma cuerpo y sentido la segunda parte del título.