Número 19, enero 2001
El libro del mes
Estado y Religión,
textos para una reflexión crítica

Rafael Navarro-Valls y Rafael Palomino
Editorial Ariel Derecho

Libro inteligente y muy actual. Su función descansa en el uso que de él hagan los alumnos de las facultades de Derecho y Ciencias Políticas y todos aquellos interesados en un fenómeno de permanente actualidad. Los autores se sirven de toda una gama de textos cruciales que han articulado a lo largo de la historia la relación entre el Estado y las Iglesias. Además de ser un material de consulta espléndido, es interesante subrayar la tesis que se apunta en la obra: entre lo espiritual y lo temporal hay una región fronteriza incierta, de ahí que los conflictos surjan inopinadamente. La tentación del Estado es la de desembarazarse plenamente de las religión al considerarla incluso como inviable para el progreso humano, y la tentación del poder religioso es ahogar la autonomía imprescindible del poder político. La postura más ecuánime estaría en una no indiferencia del Estado ante las religiones, en la garantía del Estado para la salvaguardia de la libertad religiosa, en la toma en consideración de un patrimonio estable de verdades que no está sometido al consenso, sino que precede al mismo Estado y lo hace posible. Y estos son los valores esenciales que la Iglesia defiende.

La pérdida de los estados pontificios en 1870 implicó una relación nueva entre la Iglesia y el mundo de la política que no implicó una vuelta a las catacumbas. La Iglesia custodia determinadas verdades sobre la condición humana con consecuencias públicas. Por eso, el Papa Wojtyla cree que la relación de la Iglesia con el mundo debe centrarse en la cultura, en la defensa firme de los derechos humanos y nacionales básicos, en la dignidad inalienable y en los derechos de la persona humana.

Por eso tiene sentido que la Iglesia (la Santa Sede) goce de un estatus excepcional en el derecho internacional, un foro donde expresar sus preocupaciones morales. Así, la independencia del microestado de Ciudad del Vaticano protege al papado de cualquier dependencia respecto a un poder estatal. El Estado vaticano garantiza la libertad de la Iglesia y, en este sentido, es un ejemplo de libertad religiosa. Aunque a ojos de Juan Pablo II, el estatus jurídico internacional de la Santa Sede no es un fin en sí mismo, sino un medio para lograr la meta de predicar el Evangelio.

Y el Estado, ¿debe tiritar ante la avalancha de valores verdaderamente humanos que provienen de la Religión y que se le pueden venir encima? Según los autores del libro, "cuando el Estado reacciona intentando arrojar fuera del ámbito de lo público todo valor moral o religioso es entonces cuando el fundamentalismo pasa a ser para el Estado un peligro efectivo. Conviene entender bien que el enemigo del Estado no es la religión, sino su corrupción que es la teocracia". Las ideas que se originan del libro son múltiples y todas ellas merecen la atención del debate.