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textos para una reflexión crítica Rafael Navarro-Valls y Rafael Palomino
La pérdida de los estados pontificios en 1870 implicó una relación nueva entre la Iglesia y el mundo de la política que no implicó una vuelta a las catacumbas. La Iglesia custodia determinadas verdades sobre la condición humana con consecuencias públicas. Por eso, el Papa Wojtyla cree que la relación de la Iglesia con el mundo debe centrarse en la cultura, en la defensa firme de los derechos humanos y nacionales básicos, en la dignidad inalienable y en los derechos de la persona humana. Por eso tiene sentido que la Iglesia (la Santa Sede) goce de un estatus excepcional en el derecho internacional, un foro donde expresar sus preocupaciones morales. Así, la independencia del microestado de Ciudad del Vaticano protege al papado de cualquier dependencia respecto a un poder estatal. El Estado vaticano garantiza la libertad de la Iglesia y, en este sentido, es un ejemplo de libertad religiosa. Aunque a ojos de Juan Pablo II, el estatus jurídico internacional de la Santa Sede no es un fin en sí mismo, sino un medio para lograr la meta de predicar el Evangelio. Y el Estado, ¿debe tiritar ante la avalancha de valores verdaderamente humanos que provienen de la Religión y que se le pueden venir encima? Según los autores del libro, "cuando el Estado reacciona intentando arrojar fuera del ámbito de lo público todo valor moral o religioso es entonces cuando el fundamentalismo pasa a ser para el Estado un peligro efectivo. Conviene entender bien que el enemigo del Estado no es la religión, sino su corrupción que es la teocracia". Las ideas que se originan del libro son múltiples y todas ellas merecen la atención del debate. |