Número 19, enero 2001

Martin buber

Diego Sánchez Meca
Editorial Herder

    El pensamiento del filósofo judío Martin Buber es de bofetones, porque pone patas arriba algunas de las palabras-fetiche que nos hemos inventado para enmascarar nuestro individualismo, como son: libertad, realización personal, encuentro con el otro... Sus golpes llueven y duelen. La libertad no es primariamente autonomía (¿a no?) sino respuesta y responsabilidad, poder responder con la integridad de mi ser a la llamada de otro ser independiente y libre. O sea, que soy más libre cuanto más "me engancho" con incondicionalidad a alguien, cuanto más entro en relación (es una patada clara en la espinilla de la infidelidad y en la facilidad de las rupturas sentimentales). Para Buber, "realizarse" no significa prestar atención al mapa personal (y si me viene mejor cruzarle la cara al vecino, pues lo hago y me quedo tan a gustito), no, sino reconocer al otro como algo real con lo que me encuentro y que me impone un mundo que se escapa de mis requerimientos, apetencias y caprichos. "Realizar el encuentro es consentir en abdicar de parte de mi autonomía. Realizar el encuentro es dejarse afectar, dar paso a lo que tal vez modificará mi forma de ser, sin que me sea posible prever en qué sentido - y ahora viene lo interesante -, mientras en la actitud de orientación, el yo se esfuerza por mantenerse intacto de cualquier acción o influencia procedente del objeto, en la actitud de realización, realizando el encuentro, se concede a lo otro el derecho y la posibilidad de llegar hasta mí".

    Por tanto, es lógico que para Buber Dios no esté aislado del mundo y el hombre blindado ante la posibilidad del encuentro con Él, sino que hay que comprender el mundo y la historia a la luz de cierta interacción entre lo divino y lo humano. Dios se deja implicar realmente en la historia.

    Quizá el libro resulte algo truño en algunas de sus páginas, pero el mensaje del filósofo es tan apasionante que se subsana toda aridez.


Nuevo arte de pensar

Jean Guitton
Ediciones Encuentro

A Guitton no le entusiasmaba la función humana de acumular conocimientos, sino la sabiduría que procede de utilizar la razón para aprender lo esencial de la vida, su almendra. La obrita que traemos aquí (obrita por baratita y por sus ciento y pico páginas, no por su densidad), es un espléndido ensayo sobre el conocimiento. Desde los primeros capítulos, el autor nos mete los pies en la orilla de esa cualidad que llamamos admiración, ese misterio que se produce cuando levantamos el velo de la costumbre, las extrañezas que nacen en nosotros, las invitaciones a la reflexión que nos produce el contacto con la realidad. "¿Cómo me gustaría que algún día se haga un recuento de esas preguntas de alumnos a los cuales no pueden responder los hombres! Entonces se vería que los alumnos pertenecen a la raza de los filósofos: ¿Quién soy?, ¿qué hago?, ¿no es la vida más que un sueño?".

Luego, el agua nos llega a las rodillas con el uso de la elección, la distinción, la contradicción, etc. Apasionante resulta Guitton cuando define la naturaleza humana: el hombre no es quien es, sino cuando es quien debe ser. "¿Cómo definiríamos su naturaleza? ¿El hombre primitivo, el hombre salvaje, el hombre abandonado al instinto y a la ley de los miembros nos parece más natural que el héroe, que el sabio y que el santo? Lo que somos por deseo instintivo, por atracción, y si se me permite por la inclinación del ser, en verdad no lo somos, ya que el yo profundo en nosotros lo desautoriza. Lo que no somos todavía, lo que nos parece el objetivo, el ideal y el logro final de nuestro ser, eso es lo que nos define, eso es exactamente lo que somos".