Número 19, enero 2001
Próxima estación...
Chamberí
Mi vida, ha estado siempre íntimamente ligada a la línea 1 de Metro. Si alguno de la familia se ponía malo lo cogíamos hasta Puente de Vallecas, donde en el ambulatorio, don Honorato, nuestro médico de toda la vida, nos recibía en su vetusta consulta de azulejos a media altura y mesa de formica donde una enfermera, aun más vieja que él, extendía las recetas de la Seguridad Social.

Si queríamos ir a buscar a mi padre al taller donde trabajaba, lo cogíamos en dirección contraria hasta Iglesia. Este era el viaje que más me gustaba. Si tenía suerte, conseguía llegar hasta una especie de celda destinada al operario que abría y cerraba las puertas de los vagones después de hacer sonar un silbato sordo que llenaba toda la estación.

El Marca o el As parecían parte inseparable del uniforme azul de aquellos hombres grises que se pasaban media vida bajo tierra, pero que sabían de fútbol mas que nadie.

Sol, Gran Vía — José Antonio, como decían los mayores- Tribunal... y después Bilbao, esa era la señal. Era el momento de acercarme a las ventanillas y pegar la cara al cristal haciendo caja con las manos para evitar los reflejos... y ahí estaba, como una aparición mágica. La estación fantasma.

Era apenas un instante, a toda velocidad aparecía ante mis ojos aquel andén abandonado, desierto, sin luces, con viejos carteles publicitarios de Galerías Preciados y la cabina del jefe de estación cubierta por una sábana de polvo.

Esa visión duraba unos segundos, en los que no quería ni parpadear para no perderme detalle, y aún así, jamas pude verlo todo de una vez. Pero era el tiempo suficiente para imaginarme una historia.

Imaginaba, influido por El experimento del doctor Quatermass, una vieja película de la Hammer que había visto en el UHF de nuestra Philips, a todo blanco y negro, que una enorme catástrofe había hecho huir precipitadamente a todos los que se encontraban en aquella estación, y que por alguna extraña conspiración todo se había ocultado y yo era el único que sabía lo ocurrido.

Otras, pensaba que en ese lugar se reunían por las noches todos los personajes que daban su nombre a las estaciones. Rubén Darío, Tirso de Molina, Velázquez, Colón, Chueca y Quevedo tenían allí un punto de encuentro donde charlar de sus cosas.

Pronto llegaba Iglesia, era como cuando se encienden las luces del cine y aún sigues pensando en la película que has visto.

A la salida caminaba de la mano de mi madre por Eloy Gonzalo, viendo escaparates que me parecían mucho más grandes que los de mi barrio, pero sin apartar la mente de aquella estación fantasma.

La realidad era que cuando La Compañía Metropolitana construyó su primer tramo, Sol - Cuatro Caminos en 1919, abrió demasiado cerca la estación de Chamberí de las de Bilbao e Iglesia.

Alfonso XIII hizo el recorrido inaugural en apenas ocho minutos y con el paso de los años se comprobó que aquella parada era poco rentable y cómoda. El 21 de mayo de 1966 se cerró sin más, no se recogieron las papeleras ni se desmontó absolutamente nada. Simplemente se cerró. Desde entonces continúa como un testigo mudo de la historia, una fotografía congelada en el tiempo que ve pasar trenes sin que paren en su andén, a la espera de tiempos mejores.

Aunque habitualmente ya no utilizo la línea 1, cada vez que lo hago no puedo evitar acercarme a las ventanillas y ver pasar ante mis ojos una estación que me sigue pareciendo el mejor decorado para una película de misterio. Me doy cuenta de que aunque todo ha cambiado, la estación fantasma sigue conservando el sabor de la época de mi niñez.

Me gustaría que hicieran el museo del Metro en Chamberí, aunque con ello desaparecieran los sueños de niño, que en el fondo, hoy siguen siendo los mismos.