Número 19, enero 2001
Hasta siempre
La mañana del cinco de diciembre, fue gris, triste. Sobre nosotros caían gotas, pero no arrancaba a llover.

Por sorpresa, sin avisar, una enorme máquina comenzaba la demolición de la Sala Olimpia en Lavapiés. Un trozo de nuestra historia se convertía en escombros, camiones de chatarra industrial se iban llenando según avanzaba el día, al tiempo que un obrero subido en la vieja pantalla de verano intentaba derribarla armado con un pico.

Desde hace unos meses, editoriales, artículos, programas y entrevistas ocupan sus espacios con debates sobre la conveniencia o no del polémico proyecto para la ampliación de Museo del Prado con El cubo de Moneo sobre el claustro de los Jerónimos. Las tertulias radiofónicas nos muestran una preocupación cultural desde todas las instancias imaginables. Palabras vacías con afán de lucirse, toreros de salón, intelectualillos de poca monta y políticos en busca del voto perdido, predican a favor de corriente. Está de moda velar por nuestro patrimonio historico-cultural. Es muy fácil ser abanderado de la mejor pinacoteca del mundo. Vende mucho.

¿Pero a quién le importa un viejo cine de barrio?, ¿verdad?, seguramente ni se hayan enterado. Estaban demasiado ocupados eligiendo el color de su corbata para dogmatizar en el programa de María Teresa Campos.

El cinco de diciembre nos robaron un trozo de nuestra cultura, de la cultura mas cercana al pueblo, si es que hay que hacer distinciones. No lo creo.

Cayó un histórico tan importante como el mejor de los museos o el mayor de los palacios. Y nadie dijo nada.

Si el Olimpia hubiera estado en París en lugar de Lavapiés jamas habría visto la piqueta.

De que nos sirve tanto programa cultural si destruimos lo poco que queda en pie.

El Olimpia, señores, tenía casi cien años, era uno de los pocos ejemplos de pre-Art Decó que teníamos en Madrid, fue una de las primeras salas cinematográficas de España y escenario de zarzuelas estrenadas por el mismísimo Federico Chueca.

Su vacío es insustituible, ni el mejor de los teatros que pudiera levantarse en su solar será capaz de reemplazar la historia. Lo único de verdad que tenemos. Avanzar es respetar, conservar y cuidar. Nunca destruir. ¿Qué intereses han provocado su demolición?

José Cabanach



EL OPTIMISMO INTELIGENTE

El pesimismo tiene un prestigio intelectual que no merece. Hablar de progreso no está de moda. Estoy harto de quienes están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte. Los predicadores de la decadencia adolecen de una nostalgia injustificada. Nadie que desconociera la situación social que le iba a corresponder, es decir, que no supiera si le tocaría ser esclavizador o esclavo, negro o blanco, hombre o mujer, desearía volver a ese pasado oscuro y selvático. O sea, que el elogio del pasado es una astucia de aspirantes a privilegiados.

Tenemos planteados, sin duda, problemas terribles: la distancia entre
países ricos y paises pobres se está agrandando, las economías del Tercer Mundo están siendo asfixiadas por la deuda, estamos esquilmando el planeta, hay un endurecimiento del mercado laboral en todo el mundo, la situación de la mujer empeora en muchas partes, los nacionalismos se vuelven peligrosos. Creo, sin embargo, que el mayor problema está en el sentimiento de impotencia y claudicación que sirve de excusa a mucha gente para la pasividad. Es esa creencia la que hay que cambiar. La solución de los problemas mundiales exige tres cosas: la elaboración de una Constitución universal, la aprobación de un Derecho universal, y la promulgación de una Ley fiscal mínima, que permita sin gran esfuerzo reducir los terribles desequilibrios de la pobreza. ¿Es esto posible? Sí.

Seguiré hablándoles de este tema.

José Antonio Marina