Número 20, febrero 2001
¡América, América!
Películas como, American Beauty, del ingles Sam Mendes, o Bailar en la oscuridad, del danés Lars Von Trier, son, de una forma u otra, una disección de la sociedad americana bajo un prisma europeo. No es la primera vez que esto ocurre. Richard Attenborough, Riddley Scott, Kenneth Brannagh, o James Ivory, todos ellos directores europeos, también han aportado su continental mirada sobre el archimanido american dream. ¿Podría decirse que existe, como tal, una visión europea sobre el sueño americano?

El nacimiento de la leyenda sobre el sueño americano, tan deseado como denostado, se remonta a los mismos orígenes de los Estados Unidos, y en concreto a su, tan famoso, Día de la Independencia. Ese hecho histórico creó una mentalidad de orgullo patriótico como no se ha visto en ningún estado o nación. De ésta forma, toda la sociedad en su conjunto comenzó a levantar con sus propias manos, lo que ellos consideraban su auténtico hogar, su "nación". Se forjaron fuertes personalidades, públicas o no, que hicieron posible la creencia de que todo aquello que uno se propusiera, podría conseguirlo con tan sólo la fuerza de su voluntad. Este sentimiento se acrecentó por la política proteccionista roosseveltiana, el New Deal, que tras el Crack del 29 consiguió sacar al país de la profunda crisis, económica y moral, en la que estaba sumido.

El apogeo norteamericano coincidió con la II Guerra Mundial, lo que provocó la huida de numerosos artistas e intelectuales europeos a la conquista de ese sueño americano: Murnau, Fritz Lang, Lubitsch, Wilder... y tantos otros más, retrataron a su llegada, la no tan ideal ensoñación. Fritz Lang, por ejemplo, no llego a encajar nunca en la manipuladora maquinaria de Hollywood, algo que se encontraba de fondo en películas como Sobornados o Perversidad. A Lubitsch pronto se le identificó como el maestro de la "comedia sofisticada", de tanta popularidad en América, pero sin duda el tono burlesco y guasón de sus películas traslucía cierta nostalgia por el ambiente cultural de su Alemania nativa. Un retrato de la ambigua sociedad americana, ácido como ninguno, fue el que realizó el cáustico Willy Wilder, quien puso en tela de juicio el individualismo y el utilitarismo, el triunfo a cualquier precio, y el tantas veces incoherente sistema americano, en películas como Primera plana, Bésame tonto, o El apartamento. Las posteriores llegadas de realizadores europeos no se debieron tanto a conflictos políticos como a la búsqueda de la prosperidad. Pero lo que estaba claro es que los europeos, y su personal mirada, habían llegado…

Gracias al fascinante poder de la imagen, las miserias y los valores del hombre, se pueden contemplar en el cine como en ninguna otra manifestación artística. No hay que olvidar, además, que los productos culturales no sólo reflejan, sino que también, modifican la sociedad en la que nacen. Y si a todo esto le añadimos el mimetismo (copia de los distintos modelos que se nos presentan, ya sea en cine, T.V, etc...) y la globalización, a los que cada vez más se tiende, las notas que caracterizan a la sociedad norteamericana pueden aplicarse, en buena medida, a la sociedad occidental, por lo que la aportación de una diferente visión europea sobre la sociedad americana hoy, se hace cada vez más transparente. Así, encontramos que la audaz crítica a la manipulación televisiva y a la obsesión por el éxito de Héroe por accidente (S. Frears), el culto al hedonismo y a los sentimientos frente a la razón de Hear (Milos Forman), la escala de violencia y permisivismo moral de El final de la violencia (W. Wenders), la incomunicación familiar, el aislamiento, y la búsqueda de la felicidad de American beauty (S.Mendes) y el derecho a la diversidad de Bailar en la oscuridad (Lars Von Trier), son peculiaridades fácilmente reconocibles en cualquier punto de nuestra Europa, Europa...

Habiendo sin duda diferencias técnicas y estructurales, éstas son cada vez menos evidentes, unificando criterios, que no estilos. Y es que el hombre es hombre allá donde se encuentre. Lo que ahora habría que estudiar es si los modelos de vida que el cine actual presenta son los más dignos. Definitivamente, si hay algo en común, es la perplejidad del hombre que se encuentra inerme, ante un mundo cada vez más complejo.


Inicios del Cine

USA

Bebe de las fuentes del teatro. Peso de Broadway en los comienzos.

Actores, directores, guionistas, todos, habían comenzado su carrera en ese otro mundo mágico y paralelo en inquietudes y destinos.

Ponía su acento en la estructura de las historias (presentación, nudo, desenlace).

Esta estructura tiene sus propias leyes, que dan coherencia a la narración, de forma que el espectador podía seguir el hilo de la historia.

Los finales solían ser felices y cerrados, como consecuencia de esa estructura estable y efectiva.

El cine norteamericano era (hoy todavía más) un negocio regido por leyes de mercado, industria rica y próspera. No en balde, a Hollywood siempre se le ha llamado la "fábrica de sueños".

EUROPA

La influencia de la novela impuso los temas que iban a ser tratados.

El teatro europeo (Bertolt Brecht, Samuel Beckett) no buscaba ni la unidad ni la coherencia narrativa, sino el reflejo del interior del ser humano.

El peso de las historias no está, en su estructura, sino en las reacciones de los personajes. Sus conflictos internos, su psicología...

Se crea así, un mundo visual más intimista, casi asfixiante, de ambientes oscuros, surrealistas, con una imaginería más austera que barroca, de claroscuros, y con luces y sombras (recordemos el expresionismo alemán).

Los finales suelen ser abiertos, lo que obliga al espectador a pensar.

Escasez en infraestructuras. De ahí la necesidad de abaratar costes y utilizar medios más humildes, lo que no disminuye en nada su calidad.