Número 20, febrero 2001

La Falacia de las encuestas
Se ha atribuído a Benjamin Disraeli, el genial político converso que sugestionó con sus ideas y su verbo a la reina Victoria, una frase que clasificaba las mentiras en tres grupos, las grandes, las pequeñas y las estadísticas. Cabe la posibilidad de que la anécdota sea - como tantas otras - completamente apócrifa. Sin embargo, encierra en sí misma un grano de sal veraz que no parece sensato desdeñar. Confieso mi desconfianza hacia los resultados de las estadísticas. Mi actitud arranca no sólo de quién las encarga, de cómo se ejecutan o de quiénes proceden a interpretarlas. Más bien procede de la convicción de que el método en sí es sutilmente falaz. Mientras que en las de intención de voto como mucho pueden apreciarse tendencias pasajeras no pocas veces mediatizadas por el contexto político, en aquellas referidas a opiniones sobre temas de cierto calado estoy convencido de que muchas personas no contestan lo que verdaderamente creen o sienten sino aquello que consideran que resulta más adecuado en relación con lo que, supuestamente, profesa el credo social. El ejemplo más reciente de esta conducta seguramente lo tenemos en una recientísima encuesta donde hemos descubierto que la aplastante mayoría de los españoles es favorable al matrimonio de los homosexuales e incluso a la adopción de hijos por este tipo de parejas; a la eutanasia; al aborto libre durante los tres primeros meses del embarazo y a la clonación por citar sólo algunos ejemplos significativos. Si el cuadro reprodujera la realidad de este país resultaría alarmante siquiera por el número de personas que manifiestan un desprecio indiferente hacia la vida humana en no pocas de sus formas. Sin embargo, no creo que ése sea el caso. No voy a entrar en si los opinantes podían distinguir una forma de eutanasia de otra o en si saben realmente en qué consiste la clonación. Como hipótesis de trabajo, los aceptaré entendidos en todas y cada una de esas materias. Lo que me resulta difícil de comprender es por qué nunca o casi nunca me encuentro con esa supuesta mayoría de opinantes en la peluquería, el supermercado o la cafetería. O quizá sí, me encuentro con ellos pero entonces, sin el agobio de tener que responder "bien", expresan sus opiniones sin pelos en la lengua. En esos momentos, manifiestan que perseguir a los homosexuales es bochornoso pero que pretender que su conducta es tan natural como la heterosexual es un disparate y que poner en sus manos la adopción constituye un dislate grave y peligroso. En esos momentos, indican que sienten compasión por las muchachas que tienen que enfrentarse con la tesitura del aborto pero que, al mismo tiempo, no terminan de creer en una solución que pase por acabar con una vida en ciernes. En esos momentos, protestan porque los medios de comunicación no reproducen la realidad del país sino un cuadro esperpéntico que otorga carta de naturaleza a lo que es moralmente vacuo o incluso perverso. Ahí radica a mi juicio la falacia de este género de calados sociales. Cuando todas estas personas así se expresan, dicen lo que sienten sin sufrir la presión de lo políticamente correcto. En otras palabras, no sufren la experiencia - que he contemplado en varias ocasiones - de tener delante a un encuestador al que, al terminar de contestar, se pregunta: "¿He respondido bien, verdad?"