Número 20, febrero 2001

¡Vaya movida, Garzón!

Perseguir a quienes cometieron atrocidades no es ser de izquierdas o de derechas: es tener conciencia de la dignidad del hombre y un sentido de justicia sin fronteras". El que así habla es Baltasar Garzón, el juez - le dicen estrella - que pronuncia discursos de este calado sin llamar a los medios de comunicación para ganar aprecios o adeptos, sino que los lanza a los pies de la cama de su hijo, a la tibia luz de una lámpara con pantalla de dibujos de la Disney, para regalar a los suyos pilares de formación.

El libro de Pilar Urbano, que en poco tiempo ha multiplicado sus ediciones, es una radiografía de la lealtad a la conciencia, encarnada en un ser humano. Suena un poco fuerte, pero las cositas de Garzón huelen a polvillo de integridad (y eso que se ha metido con el mono de faena en todos los berenjenales). Lo malo es que nunca estamos por la labor de fiarnos de los buenos ejemplos, vivimos en la cultura de la sospecha, un magma espeso de desconfianza ante las acciones más irreprochables. Postulamos un "alguna mancha habrá, no te fíes...", o "algún interés escondido guiará su proceder..." Como aquel periodista que se preguntaba si, en el fondo, la Madre Teresa actuaba por finalidades inconfesables. Cuando el juez Garzón se marchó de la política socialista, porque no le dejaban trabajar en el sembrado, y se dedicó a fondo a investigar los trapicheos de los GAL y de los fondos reservados, un equipo del Ministerio del Interior (a cuyo frente se encontraba J. A. Belloch) puso en marcha el Informe Véritas, todo un mecanismo mafioso de prospección para pillar al juez en algún renuncio moral (pedofilia, infidelidad matrimonial, drogas, etc.) y no sacaron ni una miaja indecorosa. Nos va la gente con visos de corrupción, porque nos ponen menos nerviosos, alteran menos nuestro sueño y nuestro proceder, forman parte del espectáculo mediático habitual. Un hombre o una mujer que se la jueguen siempre incomodan porque dirigen sus pasos directamente a nuestro propio jardín.

Solo, desamparado y descabezado se quedó Sir Tomás Moro ante la pléyade de eminencias de la Inglaterra de Enrique VIII, que quería convencerle de que firmara el principio de Supremacía religiosa del rey en su territorio. Y Moro, por lealtad a su rey y por convicción religiosa, enmudeció. No fue un intransigente reaccionario, sino un digno hijo de su conciencia, que supo mantenerla incólume frente a las presiones de los conjurados. Se la jugó y lo pagó con la cabeza.

Garzón tiene confianza en los valores profundos del hombre, esos que permanecen a lo largo de los tiempos y en cualquier villorrio. Por eso cree en un proyecto de justicia sin fronteras, que no sólo sirva como mecanismo judicial para extraditar narcos o terroristas, sino para que los aforados, (mandatarios y políticos de marchamo legal) no actúen con impunidad y puedan ser juzgados en Villatobas del Condado, si se tercia.

A nuestro siglo XXI le tienen que nacer proyectos de largo alcance, que muestren así una definición profunda del hombre. Lamentables las recientes palabras de Arturo Pérez Reverte: "Que no me vendan motos con eso de que en los siglos venideros el hombre va a dedicarse a ensanchar sus proyectos humanos. Porque el hombre — no hay más que vernos — va a ensanchar una puñetera mierda". Reverte habla como el abuelo que ha arrojado la toalla a la lona de la vida y se queda con la mirada bisoja ante el televisor gritando, ¡todo es basura, una basura! El autor de la saga Alatriste sólo mira la cara más sórdida del hombre y por eso se queda embarrancado.

Y, ¿por qué debemos fiarnos de la semblanza moral del juez escrito por Pilar Urbano? Porque las piezas encajan, hasta esos azules tan similares que a uno le hacen perder la confianza en que el puzzle se vaya a completar. Y porque es una periodista incómoda que no come de la mano de ningún patrón. Anson se la tiene jurada, las plumas de El Mundo han envenenado folios sobre ella, la derecha no ha conseguido encarrilarla y por ello la intenta pillar en requiebros.